—¿Entonces en que quedamos?
—preguntó en alta voz— ¿Venís o te vas? Dime o te vas
Hernán aún estaba indeciso. El
embudo de la gente entrando en el tren lo empujaba contra un guardia que todo
lo que necesitaba era seguridad. Se debatió unos pasos en contracorriente. Allá
a lo lejos vió una mano conocida que lo saludaba mientras desaparecía en los
andenes. Una mujer con un tapado abrigado en exceso para el calor de la época
le empujó en el hombro izquierdo. Lo hizo girar. Y la misma cara del guardia lo
esperaba en el molinete.
No, no estaba seguro. Y eso que
se había repetido los mismos pasos una y otra vez en su cerebro. Como un
dictamen que le exigía alguien más que no era él. Algún amigo imaginario,
puesto que de carne y hueso —a pesar de que salía frecuentemente— no podía
enumerar ninguno. Finalmente se acercó sin empujones.
—Es el último vagón. El de ahí
atrás. —indicaba con el dedo el guarda.
—Asiento 32 —respondió Hernán en
susurros.
—Decime el vagón del tren nene.
—Creo que es 14 —metiéndose en la
cara el boleto de ferrocentral. —Sí.
—Acá en el medio. —apiadándose—
el hombre de campera azul.
Hernán continuó andando
arrastrando cada paso entre vagones de color verde. La gente esperaba en filas
de puerta individual ordenaditos en terminales de fantasía. Entre tanto
quilombo el pibe no podía ver si por allí se encontraba un resto de camperita
azul. Finalmente quedando pocos por subir se pudo vislumbrar un plaquita al
lado de cada una de las entradas.
—14B – FCA —eso era lo que le
indicaba. Recordaba que número era así que de un salto se metió adentro del
vagón. Todos sentados los esperaban. Mirando cada uno hacia el que tenía
enfrente. Hernán con todo su equipaje encima encaró siguiendo una serie de
números imaginarios. — El 30 está aquí.
—¿Perdón pero usted que número
tiene?
—¿Vos que número sos?
—¿30? o el 31
—Pero o sos el 30 o el 31 .
—32
—Ah, Allá atrás.
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