Era uno de
esos días cuyos colores no se encuentran
en las paletas de los pintores y, no se puede simplemente ir a una tienda y
pedir un verde Palermo o un cielo despejado. Ni siquiera se consigue ese lago
seudo azulado. Lago al lado del cual, había unos patos pastando adentro de un
corral imaginario con una tranquilidad transmisible a ellos. A ellos que
estaban allí, tirados, debajo de uno de los tantos árboles, jugando al truco y
cantando de vez en cuando algún envido. Mientras ella, no paraba de tirar señas
a diestro y siniestro, contorsionando toda la cara con sonrisas chuecas. Señas
que solo entendían de vez en cuando los miembros de un equipo equivocado.
Entre
jugada y jugada cebaba unos mates con un dejo de solemnidad. Agarrando el termo
con ambas manos, como si fuera excesivamente grande y seguía con la mirada en
concentración absoluta un chorro de agua el cual o era nulo, o excesivo
rebalsando finalmente. Y ahí con frustración enojosa se sacudía las manos y el
buso de rayas iba avanzando de a saltos sobre lo último que se asomaba de sus
dedos.
Así paso un
rato. Un rato que debía ser eterno. Hasta que ella se cansó de un juego que
ganaba con soltura. Ahí se paró ante un silencio de expectación de un salto y
se fue acercando de a trancos al agua azul-verdosa en donde seguían pastando
aquellos gansos. A medida que se acercaba se detenía. Con los brazos cruzados
frunciendo la boca pensando que seguía. Y de pronto de un momento a otro
comenzó a molestarlos bamboleando de un lado a otro un bolso desproporcionado.
Y acechando y persiguiendo fue, con paciencia interrumpida por risas, sacando a
las aves de su corral. Sacándolas de sus límites de antiguos dinosaurios.
Los
perseguía aleteando con sus brazos de buso. Enseñando cómo debían desplegar sus
alas. Arrancaba y frenaba. Arrancaba y frenaba. Continuamente amagaba a esos
pobres patos que, entre sorpresa y locura, le seguían el paso con cierta
timidez. Finalmente iban desplegando sus alas. Uno en un momento, otro en otro.
Haciendo un baile de cisnes, levantando las patas con ella al mismo tiempo. Y en
el centro de los patos, cerca ya del lago, ella. Daba vueltas con el pelo
suelto escapista de su nudo. Que se ataba, una y otra vez.
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