sábado, 17 de noviembre de 2012

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Poco a poco se va recordando lo hermoso que era todo a la sombra del sol, el cantar de los pájaros, las risas infantiles y los momentos que deben de quedar. Hace ya tanto tiempo que con un pacto de fuego juraba yo todo olvidar. Hace tanto tiempo que la infelicidad perseguía sin cesar…
¡Qué boludo que fui! En una caja transparente, que solo veía cuando se empañaba. Una caja transparente que con el tiempo hacía daño y lastimaba, estaba yo sin tener espacio para querer. Sin ningún anhelo por no saber. Pero cómo es que me he hecho eso. Sin duda fui un boludo sin seso. No se cuanto hace que me despreciaba y con fuertes puñaladas continuamente me mataba. Una y otra y una y otra como un Prometeo en su eterno castigo.
            Buscaba ser infeliz con todos los poros de mi cuerpo. Nunca lo logré del todo, pero me las ingeniaba para castigarme por las sonrisas fugaces que se escapan aún así de mi boca. Supongo que lo único que veía a mi alrededor eran caras largas y ojos de frágiles acristalamientos. Nunca había escuchado de forma memorable, más que aquellos años que yo había olvidado, una risa contagiosa. Nunca había una canción dichosa. ¡Ah perdónenme! Pero me había olvidado de todo. Sin embargo no quiero crean que yo siempre fui infeliz. Nunca dejen que nadie les toque su niñez. Pero a pesar todo mi niñez terminó y de forma abrupta. Los juegos a las peonzas. Los juegos creados por mi y contagiosos por el recreo. Los juegos a soldados. Los juegos bien amados. Y es que no se como todo eso había yo borrado.


            Mi padre trabajaba siempre viajando afuera. No era algo raro que vaya durante un tiempo. No era algo extraño que después vuelva y todo lo bueno siga siendo. Sin embargo, la última vez fue diferente. Se fue a Brasil yo recuerdo y durante cinco meses enteros no nos vimos. Mi viejo era lo máximo para mí y lo quería con toda mi alma. Hacíamos todo juntos yo ahora lo recuerdo. Quitar enojos a través de la oreja (cosa que aún creo que es posible). Andar en bicicleta, perseguir los pato-gansos. Uipi uipi uipi uipi uiiii uipi uiiii uipi uipi uipi uipi Sin embargo después de esos cinco meses no volvió a ser igual. Cuando volvió nos juntamos todos en un restaurante, algo en extremo raro en esa época, con una excitación en el aire se nos dio dos opciones. O íbamos todos a Brasil y pasábamos ahí el año próximo o nos quedábamos con mamá en Madrid y el vendría de vez en cuando. Supongo que cada vez que me acuerdo de este momento me da algo de bronca que no haya dicho como opción quedarnos todos en Madrid a pesar de que posiblemente no era una opción viable. Yo tuve una infancia muy feliz en España. Creo que en ese entonces todo era perfecto para mí. Y no podía imaginarme ser infeliz. Sí, es cierto que no era todo rosa en Madrid. Recuerdo cuando papá estaba en Egipto y mi madre estaba terriblemente asustada. Sin embargo, todo era olvidado cuando él volvía e íbamos al Prado. Pero todo cambió después de esos cinco meses.
            No había nada que elegir en realidad. Vivir todos juntos es lo que cualquiera habría elegido. Me habían prometido vivir en una casa y sobre todo lo que más me influenciaba era que me iban a comprar un perro. Yo no encontraba gran dramatismo de la situación. Lo vivía como una aventura de un año y estaba contentísimo de tener que aprender otro idioma como el portugués. Siempre quise saber varios idiomas e envidiaba con locura un chico que hablaba francés en la clase al cual intentaba siempre acercarme disimuladamente. A pesar de todo. Nunca puse en duda la palabra de mis padres. Era un año. Íbamos y volvíamos, por lo tanto me parecía ridículo e incomprensible (e incluso enojoso) las cartitas de despedida y los llantos de mis compañeros. Iba y volvía. Pero no fui y volví. Fue todo muy diferente.
            No bien pusimos el pie en Brasil comenzaron las discusiones violentas y la frase que quedo siempre como amenaza y que repetía mi mamá casi todos los días: “avión su ruta”. Era un Hotel en Villa do Atlántico. En Bahía. Ahí comenzamos a buscar escuelas. Hablaban portugués e iban con malla y tabla de surf al colegio. Todo me parecía terriblemente atractivo y sobre todo exótico. Esperaba el perro con ansias.
            Estuvimos muy poco tiempo en ese lugar. En realidad ni superamos el mes y mis recuerdos no son mucho más de lo que he dicho aunque una pileta de corales con peces multicolores al alcance de la mano y las comidas en las que había que esperar que el mozo las pesque son, en mi cabeza, marcador indeleble. Yo siempre quise viajar como mi padre y esta era la primera vez que íbamos con él. En esa época si alguien me habría acosado con la incomodidad de a quien quería más, si a mi papá o a mi mamá habría respondido sin dudas a mi viejo. Con el transgredíamos las reglas que ponía férreamente mi mamá. Pero en Bahía estuvimos muy poco tiempo. Por no decir nada ya que la computadora ni siquiera la enchufamos para jugar al Warcraft II. Juego al cual con mi hermano éramos incansables. Y yo a todos lados iba con su manual y sus hipnóticos dibujos que me hicieron por primera vez querer copiarlos dibujándolos una y otra vez. Fuimos a Buenos Aires de allí. De visita a toda la familia que había visto a cada integrante una vez o ninguna. Los abuelos de los cuales no tengo memoria alguna que hayan visitado España y mis hermanos más grandes de los cuales yo tenía terrible curiosidad por las historietas que hacía Diego pero sentía terrible lástima por que mi padre no los veía hacía años por lo que sacaba en claro que no los podía querer demasiado. Para mi era imposible querer a alguien y soportar no verlo durante mucho tiempo. Sigue siéndolo.
            Cuando llegamos a Argentina aparecieron una rastra de familiares los cuales se encontraban ansiosos de cumplir un rol que ya no tenía sentido. Se atribuían de pronto y sin ningún derecho el mote de tías, primos, hermanos, abuelos. Yo tenía familia en España. Familia que era en cierto modo inventada. Sin embargo comprendí muy rápidamente que las cosas no vienen impuestas, sino que deben ganarse con confianza y respeto. Sin embargo a ninguno parecía importarle eso. Debía yo cumplir un rol con todos ellos. En parte los culpé durante mucho tiempo por quedarme en Argentina puesto que, siempre creí que si ellos no habrían encantado a mi madre habríamos vuelto a España.

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