miércoles, 21 de noviembre de 2012

Azul




               En un bar habrá enfrentados dos hombres que saldrán a tomar un café. En el bar de techo de chapa de la esquina de Arévalo. Un hombre con el rostro cubierto de barba negra con algunas canas que empiezan a aparecer y ojeras que denotan un severo cansancio carga una caja de cartón y espera que pase un auto gris para cruzar la calle. Había cerrado su negocio de la mano de enfrente y ahora pretendía una lágrima en jarrito. El día encapotado previene que va a llover. Otra cara, afeitada y limpia, ya espera en una silla enfrentada a otra de material metálico sintiendo la humedad del ambiente mientras los ojos siguen los renglones de un libro con tapa azul. El semáforo cambia deja su estela el húmedo asfalto. Los autos embravecidos reanudaron su correr por una calle en la cual se situaban negocios uno al lado del otro encuadrados por dos árboles que son puro tronco linderos al bar.

               —Perdone… Soy Federico —dijo una voz tímida detrás de toda esa barba interrumpiendo la lectura. Federico llevaba un traje de color azul marino. Había estado guardado durante bastante tiempo. Raído en los codos y en las sotamangas.

                Dejó de lado un libro y Gastón Benavidez lo miró a el rostro con la tranquilidad que transmitía a través de las mejillas rasuradas y dijo:

                —Sentate, si querés —y a le agregó al hombre mozo que estaba cercano—. Un café grande. Solo.

                 Federico se sentó dejando la caja de cartón corrugado con cuidado en el piso y se apuró pidiendo a un mozo que ya se iba:

                 —Para mí un jarrito con una lágrima de leche, si puede.

                 Federico miró a las mesas de alrededor en las cuales dos o tres personas almorzaban. En la del fondo había dos chicos que jugaban con las papas fritas y el Ketchup y, sus discusiones y risas eran las únicas que se escuchaban en el bar. Una sonrisa o una mueca se dibujó en sus labios. Pensó que el silencio frente al gran Gastón Benavidez lo intimidaba y eso solo generaría más silencio.

                 —Pareciera que va a llover —comentó extendiendo la mano.

                Gastón, que jugueteaba con el libro haciéndolo moverse en círculos, no respondió y miró hacia el interior del café a ver si venía el mozo.

                  —Basta. Se acabó el juego —se escuchó de fondo como ponía orden la madre.

                   El semáforo volvió a cambiar de color y con él toda la calle. “Estela” se le vino a la cabeza y los pensamientos empezaron a fluir acelerados. Miró al piso y antes de que Benavidez abriera la boca agregó corroborando:

                  —Yo soy el amigo de Estela.

                  Cuando salió esa frase de sus labios se dio cuenta de que no solo lo sentía importante sino también que lo decía sintiendo algo de orgullo. Gastón que ya lo sabía con antelación sonrió.

                 —Sí, lo sé —carraspeó incómodo—. ¿Y la conocés hace mucho?

                 Federico se percató de que a sus 29 años había ido al café sin abrigo y una brisa helada se le coló por el pulóver azul marino. El cielo se reflejaba en la mesa metalizada sobre la que el mozo apoyó una taza llena de café negro y después el jarrito.

                 —Benavidez, le traje la caja.

                 Mientras el Benavidez miraba la caja él miraba para dentro. “Desde cuándo la conocía” se repetía en su cabeza sin responder. Hará 15 años quizás. Quizás un poco más. Su pelo conocía. Y su sonrisa. Volvió a asentir sin responder la pregunta. Miró la caja.

                 —Tiene su apellido escrito —dijo señalando la letra escrita varias veces con lapicera bic en la que leía Benavidez, su apellido.

                 —Sí, me imagino —el hombre tomó un sorbo de su café e hizo un ademán para agarrar la caja. Sin embargo se contuvo. Igual hay que terminar los cafés, pensó Federico con ironía. Él movió los pies por debajo de la mesa y agarró de forma delicada el jarrito. Una gota le cayó en el rostro. Se la limpió rápido asustado.

                 —Hace bastante que no la veo —agregó Federico. Gastón y ella tenían el mismo apellido pensó.

                 —Claro.

                 Federico se repitió el veo en la cabeza. Veo. Presente de algo. Yo veo, Él no ve. Conjugaba el verbo para sus adentro. Todo eso había dejado de ser. Depositó el jarrito en el plato. Cayó otra gota de agua y suspiró aliviado, se trataba de sólo lluvia. Quizás esto del café termine antes pensó. Y no, no era una lágrima. En el fondo de la calle un negocio había cerrado temprano y tenía, en son de disculpa a sus clientes una nota en la puerta. Los peatones esperaban temerosos el cambio del semáforo. Federico agregó un sobrecito de azúcar a su jarrito y revolvió con la cucharita.

                 Benavidez apuró otro trago del café.


                 Cambió el semáforo y con él el resto de la calle húmeda cambió de color volviéndose verde. De un momento a otro Federico se dio cuenta que sólo podía hablarle de Estela a el hombre que tenía enfrente. Era el único que la conocía entre aquellos que él conocía aunque no veía demasiado.

                —Estela para mí es mucho… Désela lo antes que pueda —miró la caja que estaba en el piso y la colocó encima de la mesa—. ¿Puede ser? —agregó como si a pesar de todo, quisiera pasarlo como un simple pedido.

                 —Si claro, no te preocupes. El finde no va a llover. Se la doy cuando la veo.

                “Cuando la veo” pensó Fede. “Cuando la veo”. No algo finamente planificado, pensado, calculado como era esa caja. “Cuando la veo”, como si allí adentro abría cosas olvidades hacía poco. Federico vió sobre el hombro de Gastón que varios clientes leían lo que decía en la puerta del negocio y se quedó en silencio. Eran cosas olvidadas igualmente, tiene que ser así pensaba abstraído Federico. Su vista se ve interpuesta por los autos parados por el semáforo y se enfoca sobre el rostro de Gastón que no lo mira a la cara. Abrío la boca como un pez bajo el agua, pero indefectiblemente una y otra vez la volvió a cerrar. Enfrente una mujer quiso parar un taxi para prevenir que le agarre la lluvia pero se le escapó. Gantón chasqueó la lengua y volvió a mirar la caja de cartón. Federico entendió que no podía.

               —Usted que es el primo, ¿la ve seguido? —dijo a través del jarrito que le tapaba el rostro.

               El bar comenzó a cerrar algunas sombrillas azules que quedaban como estacas de un país de días fríos. Las gotas se aumentaban de tono y varios clientes se movían adentro a esperar que el mozo les trajera el plato para continuar su comida. Al café de Gastón le quedaban dos o tres tragos. La cerámica blanca de la taza no le dejaba ver a Federico. Él en cambio se sentía frágil. Transparente. Indefenso. Casi no había tomado de su jarrito.
 
              —Si, bastaste. Nos vemos seguido. —Gastón se llevó la mano a la cabeza y comenzó a acariciarse el pelo.

              —¿Y… no la puede ver antes? —avanzó Federico en voz baja, como si requiriera un favor impropio.

               Federico se sobresaltó por el ruido de un trueno. El relámpago, había pasado invisible sin que se diera cuenta.. En la vereda una vieja se persignaba enfrente de la verja cerrada. De un momento a otro la lluvia empezó a hablar. El mozo apurado sacó las sombrillas de las mesas y las entró de a dos. El cielo y el pavimento eran ahora grises y no eran necesarias. Todo tiene una tonalidad espesa como la de un cuadro de Quinquela. Sin embargo. Benavidez miró el último trago de su café y lo apoyó en la mesa. Finalmente Gastón decidió preguntarle:

                 —Vos que entonces… ¿Eras su amigo? —dijo mirándolo de reojo desentendido de la respuesta.

                 Federico no sabía la respuesta. ¿Eso era ser amigo?, pensó. En cualquier caso ya no lo era. Él no tenía dudas. Pero quería saberlo con total seguridad aunque sabía que eso lo terminaría de destrozar. Una gota repiqueteó en la taza blanca que yacía sobre el plato prácticamente vacía. Anunciaba que iba a caerse el cielo a pleno. Caían heladas gotitas de lluvia y rebotaban en la mesa del bar colándose algunas adentro de esa gran palangana de cerámica blanca, reponiendo su contenido aunque sea de forma imperceptible, de una forma más trasparente. El asa de la taza fue agarrada y fue llevada a los labios finos de Benavidez. Los hombres sentados, enfrentados, seguían allí afuera mientras sus bebidas se aguaban. No solo indiferentes a mojarse, si no también de haber quedado abandonados por el resto de los clientes y, por el mozo del café que los mirara de reojo.

                 La mesa de color blanco se iba inundando de agua que se embalsamaba en la cornisa de aluminio. En silencio esos dos hombres se habían juntado a tomar un café, lo que hacían de a pequeños sorbos. El imberbe amagó pararse, pero después de mirar al hombre enfrentado se volvió a sentar con disimulo. El barbudo sentía como el agua le chorreaba del pelo mojado pegado al cuero cabelludo. En el pavimento se reflejaba las estelas de luces del semáforo de la esquina que cortaba el tránsito impaciente de forma caprichosa, puesto que por allí no pasaba ningún transeúnte.

                 —Así que, Federico Ivánov… —articuló finalmente Gastón guardándose el libro que había quedado sobre al mesa adentro del saco. Con el pelo mojado que acentuaba las entradas del escaso pelo que le quedaba en el cráneo. Sin ninguna barba, al hablar, escupió algunas gotas que intentaban colarse por su boca—. Por fin nos conocemos. ¿No es cierto?

                 —Sí —respondió Ivánov ensimismado en la caricia que daba a su barba, y agregó— ¿Estela está bien? —se animó finalmente a preguntar.

                 —Estela —se limitó a repetir Gastón con una sonrisa irónica en la boca.

                 La charla se detuvo ahí. Federico en silencio recordaba su último encuentro con Telita. Su vestido blanco de verano que le llegaba apenas a la mitad de sus muslos blancos, se ondeaba con viento sudeste. Hacía ya tanto pensó Federico. Gastón Benavidez se arremolinó en la silla de mimbre que crujió. Debe estar incómodo en esa silla mojada y Federico tamborileó en la caja. Finalmente tras algo así como un minuto de silencio Federico volvió a decir:

                 —Sí, Estela. —con un gestó con la mano a una cintura ausente agregó— Telita.

                 —Ajá —asintió Benavidez y finalmente acomodándose en la silla—. ¿Para eso me llamaste, Federico? —terminó diciéndole mirándolo de frente. —Es mejor que mandes tú la caja. Puede mandarse tranquilamente por correo —miró la caja de cartón que estaba mojándose junto a todo Federico Ivánov trajeado que tenía enfrente.

                 Federico estaba juntando gotas que estaban esparcidas por la mesa con el dedo índice. Cabizbajo. La calle se había ido vaciando y pasaban ahora unos pocos previsores con paraguas en escala de azules. Debajo de un paraguas azul petroleo caminaba un hombre con un traje azul empapado a pesar de haberse cuidado. Se detuvo antes del cordón de la vereda en donde se amontonaba agua al caer toda junta. Dudó en como cruzar. Caminó un trecho pisando la cornisa y finalmente metió un zapato adentro del río.

                El semáforo se tornó verde y con la estela de la la calle. La gente volvía a esperar a cruzar la calle. Un hombre llevaba de la mano a un niño que saltaba de charco en charco sin cuidarse de mojarse. En la mesa, la cornisa de aluminio se iba llenando de agua embalsamada que juntaba Federico con el dedo mientras continuaba en silencio.

               —¿Entonces? —Gastón se impacientaba y miró el reloj de pulsera. — No me sobra el tiempo.

               Federico lo sabía, y eso lo incitó a ensayar algunas palabras:

               —Yo… Bueno, usted sabe… Estela…

               —Estela pasó hace cinco años ya Federico. ¿Esto va a continuar mucho más? Sus cartas… Sus penas… ¿No se da cuenta que no tiene sentido?

               La caja de cartón estaba empapada. Casi desecha. El hombre hizo aúpa al niño para pasar por encima del agua embalsamada en el cordón. Había sudestada y la calle se inundaba al no poder desagotar el agua en el río de la Plata. La pareja siguió caminando hasta llegar a la mesa de los dos hombres tomando café. Ambos miraron extrañados a Federico y el padre finalmente balbuceó

                —Lamento la pérdida —posteriormente hizo un gesto confuso y ante el silencio de Federico y Gastón se alejó para cubrirse de la lluvia.

                Gastón arqueó una ceja pero no dijo nada. Tenía la taza casi llena de agua y jugaba con ella en la mano. Subió la mirada. Federico se levantó de la silla y estrechó la mano fría y pálida a Benavidez. El traje azul le quedaba ajustado. Estaba hinchado. Corrió la silla y de la mesa empezó a correr un hilo de agua que caía en catarata hacia el piso.

                En la mesa quedaba solo Benavidez, quien sentado bajo la lluvia no se movió durante un rato. La caja se encontraba empapada. Cualquier movimiento la habría desecho. Agarró la taza para tomar un sorvo, pero la encontró inundada de agua. Federico ya estaba en el borde de la calle. Dudó un segundo y saltó el cordón. El agua se derramó de la mesa, y un hilo constante comenzó a correr cayendo sobre el piso. En el fondo de la taza, Federico miraba a Gastón. Con su barba tupida y sus pelos flotando.

No hay comentarios:

Publicar un comentario