Marcos se sentó. Con un bollo de papel en el bolsillo.
—¿Pero de qué me hablás vos? A
qué no le ves ningún sentido. No entiendo qué sentido querés encontrar. ¿No te
dás cuenta? Acá —señalando categóricamente el piso, la calle o la tierra— no
estamos ni vos ni yo. El asiento del bondi se encuentra vacío. Nadie lo ocupa
pero por pereza o —lo que es aún peor— por lástima. No, no tienen las cosas sentido. ¿Acaso no
eras vos el boludo que tenía una uña suelta del dedo gordo antes de que te
cruces con el vagabundo sin zapatos y yo, distraido como siempre me golpee con
una silla? ¿A qué le buscás sentido nene, si no fue a mí a quien le dolió. No
ves que contar organizadamente algo que no posee racionalidad es idiota, es un
sinsentido. —parándolo con la mano— No, Marcos. No te pares aún, cuchame un
poco más: La vida no es lineal. No. Podés ir soltando el boleto de colectivo
que aferrás en la mano. El “39”
está lleno de vueltas. Pero cómo. Pero cómo querés conntar algo que no sea
“simplemente” la vida. No te repito que el asiento está vacío. Eso es lo único
que hay. ¿Pensás que es poco?. Pues eres un imbécil. No, Irrespetuoso no soy.
Pero dejate de macanas. Niño idiota por el amor de dios.
Marcos se paró.
—¿Y después de esto? —agregó
escandalizado el padre.
“Poneme presente”
Por la ventana corrían finas
gotas. Un colectivo pasaba por la avenida Santa Fé. Marcós cerró la puerta de
calle sin ponerle llave. El licenciado empecaría su clase en veinticinco
minutos. Contaban que no se podía llegar tarde. Hacía calor y estaba retrasado.
Sin embargo cuando observé como el colectivo se me escapaba —y tendría que
esperar un rato indetermindado más— no atiné a correrlo. Tenía que andar con
delicadeza. Agarré el celular de la mesada. Menos mal que lo agarré porque
cuando me bajé, celular Marcos lo primero que hizo fue mandar un mensaje a un
amigo que cursaba con el.
Sorvía un mate que aún mantenía
un copete virgen. Al lado suyo Oscar le hablaba de todos los pasajeros que
habían ido con él. Ese día y todos los días. Eran en realidad un solo pasajero.
Sobretodo un pelado. Quizás era pelado para eliminar la variable pelo, quien
sabe: —Será dentro de unos pocos años, cuando el pelado ese joputa me tiró el
auto encima.— Volví a tenderle a Oscar el mate sin atreverme a irrumpir en el
discurso que continuó y volvió con el mate.
Sobre el tablero del Bondi había
un pelúche de esas máquinas donde metías
una moneda y el peluche bajaba. Sin embargo tenías que meter una moneda justo
después de que otro haya decidido jugar cuando pasaba por allí y alla perdido.
Mientras que, en realidad, terminabas jugando sólo porque un amigo le regaló un
peluche a la novia.
—Encima tengo que esperar.
—¿Cómo?
—volví a su hilo.
—Que encima
le tengo que esperar. ¿Vos me estás escuchando pibe? —dijo Oscar.
— Si, si.
—certifiqué— ¿No es común?—dudé.
—Obvio que
es común esa chanchada. Y yo acá con el tiempo justo, como un boludo, te tengo
que esperar a vos y al pelado joputa.
Cuando se
baja la piba de las uñas naranjas Marcos miró a donde pisaban sus píes. Allí pateaba
un bollo de papel que le llegó a donde estaba el chofer —por ende Marcos—
ayudado por la arrancada bestial del conductor.
—¿Y falta
mucho para Corrientes? En la calle lo lee.
—Disculpame.
El pelado de mierda no solo me rompió el auto entero. Sino que me clavó alto
juicio. Y no solo me pegó alto juicio el muy forro, sinó que nadie me garpó a
mí la indemnización de la empresa cuando me echó. Corrientes era la anterior.
Ahora te paro flaco.
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