Marcos no se acordaba como habían
terminado rodeados de casitas de muros blancos y rejas trabajadas con cuidado,
pintadas de verde inglés con pinceles de marta. Metiéndose por pasajes de adoquines colocados rítmicamente
con suma delicadeza. Lugares reservados para los que pasaban usualmente con el
diario con noticias de ayer bajo el brazo y para hombres paseando a perros. El
resto circula por ruidosas avenidas. Y aquí y allá, garitas marcando la resistencia.
Sin darse cuenta que ellos se habían entremezclado. Sin saberlo, habían sido
invitados al pequeño Londres. Así llamaba la gente de la zona a esas cuantas
cuadras escondidas en el culo de Primera Junta, adentrándose hasta Goyena.
En una de esas callejas vivía un
amigo de ellos. Los seis iban seguido. Marcos pensó sonriendo que solo cerrando
los ojos podía visitarla. Es que las casas que hay en el little London
pertenecen sin duda, a un Londres perdido que queda en algún lugar recóndito,
de su imaginación.
—Son casitas de Hansel y Grettel que,
si no se quiere estar buscándolas con migas de pan sólo se las puede encontrar
cuando se colocan bien educaditas, para tomar el té a las five o’clock.
—murmuró Marcos por lo bajo.
Mientras esperaban a que Matías abra
la puerta se escuchó que preguntaba Manu:
— ¿Ché, fuiste ayer a la quinta del
Tincho al final? Hace banda que no lo veo.
—Noo, ¿Sabés que no pude encontrar el
camino? —respondió la voz perdida de Pepe.
—No te la creo —risa—. Qué pasó, ¿Te
perdiste?
La reja de hojas de afuera que ya
habían traspasado los dejaba en el patio del frente después de subir un pequeño
peldaño que los separaba de la calle. Esperaban que Matías abriera el portón de
la casa. La entrada imponente, reflexionaba Marcos, símil al de una fortaleza,
hacía que la expectativa de seguridad sea aún mayor. Arriba de la puerta, un
techito bajo el cual se arremolinaban todos como podían daba más jerarquía al
gran portón que continuaba sin abrirse La ventana de abajo, con rejas cuidadas
por motivos florales, debajo de esta, un balconcito…
Demasiadas combinaciones de llaves. El
cuchicheo de los tres chicos de preguntas ya armadas imploraba que Mati encontrara
de una vez la llave. Los que no hablaban eran allá, Daniela y Marcos ambos abstraídos
en su mundo.
—Hola.
—Hola.
Se escuchó como se introducía
finalmente la llave. Los gritos exagerados hicieron imposible continuar la
charla si es que había algo más para decir. Mati forcejeó y tiró. El piso de
madera asomaba apenas invitándolos a entrar. Allí arriba un viejo Chagall
miraba conocedor. Entraron con cuidado. En silencio. Pisando con el pie de a
partes. Sintiendo primero el talón y por último los dedos más chicos del pie. Se
sobrecogían una y otra vez cuando a pesar del cuidado escuchaban el crujido del
piso de pinotea al recibir su peso. Y asentarse. Les intimidaba, las
terminaciones finas en madera. Les impresionaba los pisos recubiertos por
mosaicos. Y allí arriba, un viejo Chagall sonreía de forma cómplice. Todo los
enmudecía y les dejaba apiñados alrededor del dueño de casa como el perro del
cuadro. Aferrado a las faldas por miedo a perderlas.
—Che… ¿El
baño? —preguntó Marcos con un hilo de voz.
—La tercera
puerta —respondió señalando Mati un pasillo que parecía infinito.
Daniela
miraba hacia arriba. Comenzó a encarar su camino. Un paso de por vez. Pasó la
primera puerta y oyó. —che, ¿hacemos unos mates?—. Poco a poco se sentía
alejado. Olvidado. Mientras escuchaba como los otros se iban por otro camino.
Hacia la cocina. Pasó la segunda puerta. Escuchaba algo lejano —¿quieren jugar
a algo?—; pasó al lado de un péndulo que
se movía de un lado al otro sin poder avanzar. Llegó a la tercera puerta.
Silencio. Estaba solo. ¿Era aquí? ¿Será éste el camino?, llegó a pensar Marcos
contemplando su alrededor.
A la vuelta
el pasillo se la hacía más largo. Escuchaba las voces de fondo apagadas entre
maderas y decoraciones. Los primeros compases de Viernes 3 AM que empezaba a escucharse
en un aparato Phillips. Tres, cuatro, cinco puertas altas. No llegaba a tocar los
marcos. Por allí debía estar el padre. Unas escaleras anchas se veían de fondo a
oscuras a pesar de ser plena tarde. Quizás también el hermano o su madre
bajaran por ahí. Y temía encontrarse con alguien y no poder explicarle bien que
hacía allí. Lejos de todos los demás.
—¡Estámos
arriba Marcos! —se escuchó gritar a Dani.
Subió apurado.
Saltando peldaños. “y el reloj de tu puño marcó las tres”. Sentados alrededor de una mesa. Su lugar estaba
asignado siendo el único vacío. Manuel tenía en sus manos unas cartas de truco.
Esperando que se calentara el agua para empezar un juego nuevo. Si se sentaba,
Marcos estaría en diagonal a Dani. Gritó la pava, El mate estaba casi listo.
—¿Puedo cebar yo?— preguntó Daniela.
Y, como siempre, a pesar de que todos
sabían que el segundo ya iba a estar lavado, nadie se le negó.
—Somos seis.
¿Tres y tres? —dijo Manu empezando a mezclar.
—Por mí dale
—dijo Marcos encogiéndose de hombros, y sentándose con todos— ¿Cómo estamos
sentados dale?
—No… Tiremos
reyes.
—No jodas..
dale, como estamos.
—Es afano —dijo
Manu mirando a Dani, que estaba arreglando el mantel sin darse cuenta de nada,
y a Pepe que se encontraba a su lado.
—Bueno,
dale, cambiate con Pepe, y estamos.
—¿Qué decís,
chabón? Dale juguemos así que ganamos.
—Te dije
—volvió a embestir Manu— Reyes.
—Yo no me
voy a mover —dijo Marcos sentenciador.
—Yo quiero
el pica a pica contra este gil, eh. —dijo Pepe.
Marcos miró
a Dani
—¡Ché! Mati,
venite, así empezamos. —dijo ella.
Mati,
cargando el mate, los bizcochos, y una rejilla para no quemar la mesa caminaba
con cuidado. Entregó todo, de a una cosa por vez a Dani y tiró a lo último un
paquete Don Satur como ofrenda a un medio que les pertenecía a todos. Dani alcanzó
el primer mate a Marcos. No le correspondía sabía Marcos, pero ella sabía que
lo había estado esperando ansioso. Finalmente reyes. Marcos jugaba con Dani y
el Chino. No iba a estar fácil pensó. Las señas de Dani las veía todo el mundo y,
según parecía, ella no interpretaba bien ninguna.
Marcos miró el 2 en su mano y tiró un
beso velado a Dani. Sin que nadie lo vea. Otro más. La tarde había llegado, sin
aviso, entre juegos y revanchas. Dong. Dong. Marcos escuchó el sonido del reloj
de la cocina. Eran las cuatro. No cabía ninguna duda. Se dio cuenta que cada
uno de los que estaban allí sentados lo había escuchado y nadie le había dado
ninguna importancia. Miró las caras de todos. Se encontraban centrados en un
juego que alguno estaba destinado a perder. Ninguno parecía haberse percatado
de nada. Si alguno quería salir debía ser ahora. Pero el bueno no había
terminado y aún faltaba banda.
Jugó el primer 2 aunque sabía que era
en vano jugarlo de primera. Solo porque Dani se lo había indicado de tal forma,
que todos sabían que tenía un 2. Le alcanzaron su quinto o sexto mate. Mati jugó
un 3. Él sabía que no valía la pena. Punto a punto. Cada vez que le daban una
carta Marcos cruzaba los dedos para que fuera un pato. Con cada dos Dani sonreía
turbada. Hacer la seña le costaba lo suyo. Mirando hacia abajo, con una
contorsión graciosa en el rostro.
—Déjame hacer trampa. Te lo pido por
favor —masculló Marcos mirando nervioso a su alrededor—. A vos no te jode, Pepe.
Pepe miró a Marcos de arriba abajo.
Suspiró y dijo:
—¿Qué es lo que necesitás? —agregó
cuchicheando— ¿La próxima mano?
Marcos dejó un vaso sobre la mesada.
Encima, colgando de la pared rumiaba un reloj de madera. Agarró las tres cartas
que le repartían y las desplegó. 7 y 6 de oro. Jugaba ante último. Si la hacía
bien esto terminaba acá. Su corazón latía a ritmo de agujas. Dani tenía un 2 y
el tiempo se escapaba.
La miró que estaba haciendo cualquier
otra cosa. Sus miradas se cruzaron, y un gesto con el cuello fue suficiente
para comunicarse.
—Envido.
—¿Qué dijiste? Che… ¿Dijo envido éste?
La luz había
ido corriéndose y la reja se proyectaba con su dibujo de hojas sobre la mesa. El día seguía soleado
pero no por mucho más. El partido terminó sin demasiado revuelo. Marcos se paró
y también Dani. Le hizo una seña con la mano. El partido de truco seguía. Ella
no lo veía. Otra vez. Ahí sí.
—Salimos. Vamos a comprar algo para
merendar —dijo Marcos mientras miraba a Dani que ya se paraba.
—Dejen. Acá
hay. En la cocina hay un montón. Traigan alguna galletita.
—Vamos a un
kiosko y volvemos — respondió ella sin lugar a peros.
Bajaron los tres pisos por escalera.
De a saltos. Haciendo gritar a esas maderas viejas lustrosas a nuevas. Chocando
sin intención los dedos en un barral de nudos que se entrelazaban… Él iba
detrás. Iban rápido entre risas a ver quién llegaba primero. De dos saltos llegaron
a zona de mosaicos. Y el ruido dejó de escucharse. Reían y.
—Buenas
—dijo una voz grave del padre de Matías.
Se miraron
antes de contestar.
—Cuando
vuelvan toquen timbre. —se respondió solo sin esperar.
—Dale, dale —los dos al mismo tiempo.
—Dale, dale —los dos al mismo tiempo.
Siguieron el
camino hacia el afuera en silencio. Sin volver a decir ni una sola palabra
intimidados por la seriedad del asunto. Llegaron a la puerta. Miraron hacia
atrás y un viejo Chagall les seguía con la mirada. Marcos abrió la puerta. La
miró. Ella ojeaba el afuera por encima de su hombro. Se corrió a un lado y
simplemente dijo: “Las damas primero.” El pie de Dani en una topper salió y
pisó, el embaldosado de una calle sin dueño. Él salió detrás. Cerró la puerta
de la casa mirando hacia adelante. Sintiendo como se agarraban de su brazo.
Comenzó a caminar con paso marcial.
No miraron de donde venían en ningún
momento. No les importaba. Era de día. Cerca de las cuatro. Los muros blancos
de cal en los que pegaba el sol pero a pesar de eso hacía frío. Por allí un
guardia de seguridad los miró desde su garita de la esquina y se dió por
saludado.
— ¿Qué querés hacer ahora? — dijo
Marcos y la miró a los ojos.
No hubo respuesta. Porque no había
respuesta clara. Pregunta idiota pensó. Estaban allí afuera en el hermoso
barrio de enredaderas crecidas por pulgadas. De adoquines que se repetían
buscando la perfección. O al menos eso creían ellos.
Marcos dijo:
—Mirá que linda casa esa —señaló a un
chalecito que evocaba a una casa de galletita. Ella no comentó nada. Marcos miró
el techito de tejas oscuras de chocolate amargo que protegía la puerta. Se
distrajo mirando a Dani. Pisó una baldosa floja y con una puteada por lo bajo se
centró en el camino.
Ahora que habían salido Marcos no
sabía bien que era lo que seguía. Trataba de recordar esos momentos de
películas, donde dos pasean uno al lado del otro. Pero nada le parecía
correcto. Mientras estaba en esas cavilaciones estiró el brazo pensando que
debía abrazarla. Pero se interrumpió.
— Busquemos un kiosko para comprar algo.
¿No te parece? —dijo ella.
— Sí, vayamos para allá —señaló en línea
recta para adelante—. Seguro que encontramos algo.
Dani se arremolinó contra el brazo de
Marcos para calentarse un poco del frío que entraba en su cuerpo. Él se quedó
rígido. Y giró apenas la cabeza para mirarla. Pero ya no podía verla sin
quedarse bizco. Comenzaron a caminar vacilantes. Sin querer avanzar de veras.
— Que bueno que salimos. ¿No?
Marcos sentía como el perfume de su
pelo se colaba por todos sus sentidos. La presencia a su lado, silenciosa,
pisaba las baldosas sin que se escuchara nada. Allí caía lentamente una hoja
retrasada del otoño. Ella corrió a agarrarla antes de que tocase el suelo y el
viento se apropiara de ella. Unos metros más adelante se dio vuelta. Él seguía
inmóvil y le sonrió desde la distancia. Volvieron a estar lado a lado.
—Sí, que bueno que salimos —respondió
él.
Sonó el reloj del celular. Eran las
cuatro y media. Unas pequeñas nubecitas inofensivas aparecieron en el cielo
azul. A Marcos lo separaba de Dani el brazo indeciso que medía una y otra vez
la distancia y si debía o no abrazarla por sus flacos hombros. Se estiró, y
quedó a medio camino. Se rascó la cabeza. Pensativo.
Estoy tan
cerca pero al mismo tiempo tan lejos, pensó. No sabía cual era el camino para
llegar a ella. Desde la ventana enrejada
con motivos de hojas, una mucama golpeaba el polvo de una alfombra sin poder
sacarla fuera, una enredadera se
retorcía y confundía sus ramas.
El ruido de autos pronosticaba una
avenida cerca. Ese reducto de tranquilidad y belleza llegaba a sus límites.
Allí, Goyena. ¿Es Goyena?, pensó Marcos. El fin de la calle. Y a lo lejos se
veía el cartel luminoso de los negocios que se hacían presentes. Cruzó el brazo
y la abrazó. Un suspiro, ella no se opuso. Una cuadra antes de que todo
terminara, doblaron a la derecha sin decir nada.
— Falta algo —susurró Dani de forma
imperceptible.
No respondió nada, pero lo dejó
pensativo. Él también lo sentía en el medio de su pecho, que latía como un
segundero acelerado. ¿Qué hora es? se preguntó. Las cinco estaban cerca. Pero aún
faltaba. El sol se tapó con una de esas nubes molestas. Y todo tomó el color
sin brillo que da un sol ausente. Vió como los mosaicos de los patios dejaban
de emitir ningún reflejo. Estaban tan distintos así.
Volvieron a doblar. A la izquierda.
Sabiendo que no aparecería ningún kiosko por ese camino. Que no aparecería
nada. Solo casas con balcones soportados con balaustradas de columnatas. A su
derecha, una serie de pajareras de hierro forjado. Y otra mucama golpeaba el
polvo de una alfombra con formas geométricas. Los miraban como caminaban en
círculos. Un hombre paseaba un perro sacándolo de su reclusión en un patio
interno. Lo hacía de forma apurada. Se acercaban las cinco.
—No creo que haya nada por acá.
—volvió a decir Daniela por lo bajo.
—Si… yo tampoco. —respondió él,
continuando con su paso.
¿Algo?, pensó Marcos. Qué podía haber
más allá de esas calles sin tránsito. ¿Qué esperaba? Se cuestionaba una y otra
vez. Y trataba de aminorar el paso. No había indicio de que pueda aparecer algo
sin salir de ese oasis. Él, al menos, no esperaba nada. ¿Dani? ¿Por qué Dani
estaba con él? No sabía si realmente había entendido. ¿Sería por pena? O por
confusión. La miró incrédulo. Y decidió parar. Faltaba muy poco para las cinco.
Había algo distinto pensó Marcos. Las casas se enfilaban con la numeración de
la calle. Las tejitas de los techos que descansaban sobre las puertas eran a la
vista ahora de color negro. El sol se había tapado casi completamente, y todo mutaba
a un color mas plomizo. El cielo gris. Allí estaba la casa que le había
gustado. Con una enredadera en la puerta que casi la cubría completamente. Adentro
se imaginó un patio, adonde, cavaba un perro buscando algo distinto. Algo
propio. Algo con afán.
El empedrado de la calle generaba una
trama dura y resbaladiza. Allí, un agujero negro declamaba un adoquín faltante.
Miró el hueco de la calle y se repitió en voz baja: “algo falta”. La miró a los
ojos una vez más. Pero ella no estaba allí con él. En silencio, dejaba que
aquel brazo que no le pertenecía colgara inerte de sus hombros. Se mordía las
uñas ensimismada. Él le preguntó:
— ¿Qué pensás?
Marcos se dio cuenta rápidamente de
su tontera. No debía querer inmiscuirse en terrenos que solo son de uno. En su
patio privado. Allí una garita de seguridad verde, le recordaba que estaba en
una tierra que no le era propia. En una seguridad que no le correspondía.
¿Dónde estaba? ¿Acaso importaba? Las cinco se acercaban. ¿Qué sucedería a las
cinco?, pensó Marcos. Poco a poco los colores que se saturaban. Sin brillo. Sin
ya un sol que ilumine como antes.
— ¿No deberíamos ir a buscar un
kiosko? —le preguntó con temor de que los “y bué” se empiecen a entrometer.
—Allí —respondió Dani señalando calle
abajo— termina esto.
Él siguió el dedo con la mirada. Y
agudizando el oído escuchó a los autos que pasaban con bocinazos frenéticos.
Allí no había paz, ni cuartel. Siguió el dedo con miedo. Y comprendió lo que le
quería decir. Allí. No hay retorno, murmuró para sus adentros.
Dani asintió a pesar de que no lo
había escuchado.
— Van a ser las cinco —dijo Marcos
mirando el celular una vez más.
— ¿Qué pasa a las cinco?
No supo que contestar. ¿Qué pasa a
las cinco?, se repitió la pregunta. Tenía que volver. Se encogió de hombros y
no le respondió. Se puso a jugar con una ramita, marcando los contornos de una
de las piedras que formaban el piso. Separándola del resto.
— Vamos —suplicó Marcos.
— No espera. Me siento extraña —le
dijo.
— Ya son casi las cinco —respondió en
forma sombría. Como si eso explicara todo. Y es que lo hacía— Es la hora de
tomar el té en un barrio inglés.
—No, no volvamos aún. Sentémonos un
rato.
¿Había algo más que se pueda decir?, se
preguntaba Marcos. Ella no se daba cuenta quizás por estar distraída o quizás
simplemente por estupidez de lo que allí pasaba. Los ojos tristes de él se ensombrecieron
de desesperanza. Las enredaderas cubrían
las paredes de atrás. Todo en un gran paredón uniforme, en el que solo se
distinguía allí, allá, un poco de blanco. Algunas partes que se olvidaron
cubrir para confundir pensó Marcos. Agarrando hojas. Ella se sentó en el escalón
que separaba a la casa de la calle. Se dejó caer como un bulto.
Allí las farolas en verde oscuro no
iluminaban aún a pesar de que las sombras se hacían mas pronunciadas. Las five
o’clock iban llegando. Y el sol había desaparecido tras nubes grises. Él sacó
el celular una vez más para mirar la hora. Ella, lo observaba con lástima en
sus ojos. Cinco menos diez.
Un ruido motorizado pasó, lentamente.
Y con él se fueron las últimas esperanzas. Calle abajo, iba hacia la avenida,
que él seguía mirando con miedo de perderse. Miraba a Dani desde arriba y era
irse o quedarse. Decidió abandonarse allí. Se dejó caer como otra bolsa a su
lado. Un adoquín se le clavó pero decidió no hacer caso. Se quedaría allí. A su
lado. Dani lo miró. Y le preguntó:
—Decíme que te pasa Maqui. Estás
raro.
Él sonrió tristemente. A pesar de
todo, le importaba. Otro auto pasó más rápido, corriendo en el río turbio de
canto rodado. Marcos suspiró. Abrió la boca, tomando aire.
—Me pasa… —miró su ceño fruncido y
largó una risa de hiena— ¿Y a vos?
—¿Te puedo contar algo?
—Claro. Lo que sea —segundo, segundo,
segundo.
Pi-Pi. Sonaron las cinco en el
celular de su bolsillo. Ya era tarde.
Había que volver. Sin embargo, mirándola a la cara no sabía como decírselo. No
podía hablar. Marcos tenía un nudo en el pecho.
—Creo que me gusta Mati. —susurró
Daniela
Todo era ya, en vano. Pensó Marcos.
—¿En serio? No lo había notado.
—Ahí vamos, siempre dicen que soy
obvia.
Marcos miró hacia el fin de la calle
donde pasaba un colectivo. Marcos pensó cuantos de esos pasajeros estarían en
pena. Debería haberme ido cuando podía dictaminó. Sacó el celular con descaro
frente a ella. Las cinco y cinco. Ya era tarde. Demasiado. El pecho le latía de
forma acelerada. El tiempo pasaba demasiado rápido.
— Debemos volver —dijo parándose sin
dar tiempo a peros ni esperas.
— Bueno. Si vos
querés…
Emprendieron
la vuelta en una calle vacía. Sin ninguna galletita, sin darse cuenta que eso
también les faltaba. Marcos estaba seguro que Dani no quería volver entre
aquellos que estaban en un pequeño Londres ignorándolo. Adentro de una casa de
paredes blancas y enredaderas que crecían por pulgadas. En un castillo de
ilusiones. Lo miró a los ojos y de alguna forma le pareció que le pedía que se
quedara. Sin embargo, Marcos ya no estaba y empezaba a decir “Y bué”.
La calle se encontraba desierta
ahora. Por ningún lado se veían un alma salvo allá, en las luces que corrían
desaforadas hacia un lado u otro. La luz era poca. Nada parece tener vida,
meditó Marcos. El sol de invierno empezaba a esconderse.
Es que ya no pertenecían al Little
London. Si lo hicieran, no estarían allí en la calle. Sino adentro de una casa
tomando el té. El guardia que miraba desde una garita lo sabía. Marcos también.
Y observando a Dani se preguntaba si ella se daba cuenta que ya eran las cinco
y veinte o y media
Desde afuera, todas las casas se parecían.
Doblaron a la izquierda. Allí al final de la calle otra avenida. ¿Será Goyena
esa?, pensó Marcos. El sol se tapaba bajo un cielo encapotado. Gris.
— Realmente
me siento extraña. —volvió a decir Dani.
¿Habíamos doblado a la izquierda?, cavilaba
mientras Marcos. De un momento a otro, la casa blanca de su amigo se aparecía
por todos lados sin distinguirse de ninguna otra. Había un cuadro en la entrada
que debía verse desde la ventana. Pero en todas las casas desde la entrada se
veían algún tipo de cuadro a pesar de que ella se lo discutía a Marcos
— ¿Había un cuadro?
—Sí, un óleo — se dio cuenta por la
cara que dudaba— Uno con una mujer con un sombrero. ¿No lo viste?
Todas las casas tenían plantas
cortadas de la misma forma. Idénticas. La garita de seguridad se repetía vacía
ahora en todas las esquinas del mismo color verde inglés.. Marcos sentía que
ella ahora en cada casa ella le discutía si era o no. Todas se parecían y no
eran bienvenidos en ninguna.
Empezaron a tocar timbres aquí y allá
pero parecía que no había nadie que les quisiera atender en ese Little London
que los dejaba abandonados. En una y otra casa golpeaban la puerta, esperando
que algún padre les abriera y los dejase entrar otra vez en aquella casa de
molderías de roble y muebles de vidrierías finas. Seguro allí dentro se
encontraban sus amigos, que debían estar riéndose, jugando a algún juego de
mesa.
— ¿No
podremos volver nunca? —dijo mirando hacia los dos lados— Allí hay una garita.
¿Será la misma?
— ¿Preguntamos? —Dijo ella sin
moverse.
La miró con
algo de odio en sus ojos. La primera persona plural se le hincaba en la carne y
le hacía recordar que no correspondía. Esa voz no estaba acorde a la situación.
Inclusiva. Aquí y allá las calles de adoquines colocados bajo presión se
repetían una y otra vez. Todas las calles terminaban según parecía en el mismo
lugar. ¿Cuál es la diferencia?, pensó Marcos. Y miró a Dani que lo miraba
expectatante.
— Y porque
no. Esperame acá que voy yo y pregunto. —no se movió ni un paso— Voy.
Con pasos
lentos, fue encarando para una garita de seguridad con vidrios esfumados. No se
veía si había alguien adentro. Iba pensando qué podía preguntarle. No se
acordaba la dirección. Ni ninguna referencia. Quizás el apellido de la familia
le sirviera de algo para poder ubicarlo. Perdido como estaba entre callejas. Una
fina garúa comenzó a caer. Propia de la humedad de Londres se dijo.
Se fue
acercando con cautela. Y golpeó a penas el vidrio de la garita. Nadie salía.
Nada. Se dio vuelta para mirar a Dani. Que allí seguía. Sin moverse. Dio un par
de pasos decepcionados cuando detrás escuchó alguien que decía
—Sí, ¿Que necesitas,
pibe?
Tardó en
darse vuelta. Como si temiese lo que estaría a punto de averiguar. Giró sobre
sus talones y en un hilo de voz preguntó:
—¿La casa de los Marchessini tiene
idea dónde queda?
El guardia
lo evaluó. Y simplemente volvió a cerrar la puerta. Sin decir nada. Allí del
otro lado de la calle Daniela todavía no se movía. Lo miraba inquisitiva, sin
haber escuchado el diálogo con las manos en los bolsillos canguro de su pulóver.
Tiene miedo de seguir perdida pensó Marcos mientras miraba la cuadra. Casita al
lado de casita, no se diferenciaban así como lo hacían los adoquines pensó. Cruzó.
— ¿Y? ¿Qué
te dijo?
Es la cuarta
de esa cuadra, respondió Marcos señalando a una no distinta de las otras. Protegida
por una reja y alejada de la realidad, las ventanas cubiertas por barrotes y el
techo de un portón demasiado grande. Ella lo miró, desconfiando de esa verdad.
Parecía tan inverosímil que allí adentro se encontraran sus amigos. Él sonrió y
pensó que allí adentro no habría cambiado nada. Seguirían jugando al truco.
Tratando de hacer trampa para ganar. Observó a su alrededor a oscuras. Aquí y
allá, con las nubes cargadas y la garita inquisidora, desde la cual se sentía
ahora observado. Se dió cuenta que era mejor ir arrancando.
— ¿Es esta? Sí,
mirá el techito del portón. Quedarnos aquí afuera. —señaló—. Podríamos tocar
timbre. —dijo Marcos.
— No sé. A
mí no me suena. ¿Había tantas enredaderas? No se ve nada de la casa.
— Sí, mira,
tiene el cuadro y todo. Las enredaderas son iguales —dijo tomando una hoja—.
Todo es como lo dejamos. —trataba de convencerla.
— Yo lo veo
muy distinto —susurró bajando la mirada.
— Es el sol
que ha caído. Todo es igual —exclamó falsamente entusiasmado—. El guarda me
dijo que era ésta.
— Sí pero…
—Vamos toquemos
—y sin esperar que dijera nada más, tocó el timbre a fondo.
El silencio
no fue respondido ni por gritos. Simplemente la indiferencia. Se miraron. Unos
instantes de incertidumbre. Unos pasos se arrastraban en un piso de pinotea.,
con el giro de una llave, la puerta chirrió abriéndose. De forma pausada.
Lenta.
—Buenas
—dijo un padre, de forma desaprobatoria por la hora supuso Marcos.
Entraron
y un Chagall riente los recibió en la puerta. Paulatinamente fueron subiendo.
Despacio, en silencio. Las maderas crujían otra vez. Ella empezó a subir
adelante. Él iba atrás, vacilante. Sentía los nudos rectos, que corrían
paralelos, sin tocarse, como una grafía.
Llegaron al piso de arriba. Donde se
encontraban todos. Nadie preguntó por las galletitas, ni por nada de lo que
había pasado en ese tiempo. Solo miradas cruzadas. Marcos se sentó en el
sillón. Agotado. Los chicos preparaban otro juego. Como si el tiempo no hubiese
pasado. Empezar de cero. Sacaban ahora al Estanciero de la estantería.
—¿Quieren jugar? —preguntó Mati.
—Yo paso. —respondió Marcos, sin
moverse del sillón.
—¿En serio quieren jugar? —dudaba
Manu— ¿No están cansados?
Todos se encogieron de hombros al
mismo tiempo. Dani se sentó en la mesa junto a todos. ¿Algo más hay para hacer?
Era la pregunta general. Miraron a Marcos, que sentado, se desentendía de la
situación. — Si no quieres no juegues Manu. Marcos no va a jugar.
— En algún momento lo va a hacer. Yo
me prendo dijo. Y se volvió a sentar.
Marcos miró a su alrededor. El piso
de maderas le resultaba pretencioso. Nada de eso le brindaba protección. Allí, por
la ventana abierta se filtraban los ruidos de una avenida que lo llamaba. Salió
a la ventana y con cuidado prendió un cigarrillo. Las garitas de afuera lo
miraban desafiantes. Desde allí solo se vería el fuego de la punta del pucho.
Fuego y amenaza.
— Compro la estancia. ¿Cuanto sale?
A Marcos la baranda de hierro se le
presentaba fría. La noche, cerrada sin estrellas, que estaban en algún lugar.
Se dio vuelta y miró a cinco rostros entretenidos en comprar y en vender. Dani
lo miró. Le hizo un gesto para que se acercara y volvió a concentrarse en
pagarés. Marcos agarró sus cosas. Y con una despedida a la que no prestaron
atención, salió. Allá, en la entrada. Un Chagall se despedía cantando.
Afuera, agarró calle abajo. Rumbo a
la avenida. Buscando encontrar otra zona segura, si es que la había. Alguna que
le perteneciera, en la gran ciudad de miniaturas. Alguien le había hablado de
la existencia de un petit Paris, por algún lugar de la capital.
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