Sin embargo, ante una última llamada se presentó nuevamente en la fila que había perdido a la mitad de sus miembros. Todo era hermoso allí, pensó, pero no le correspondía nada de eso. Se subió con un abrigo cubierto de blanco que intentaba arrastrar lo más posible del lugar. Con un bufido se sentó en un asiento pensado, sin dudas, para su incomodidad. Sabía que en cuestión de días o quizás minutos, el apacible y su blanca inocencia desaparería como su capa blanca por el sol. Si se quedaba, no pasaría demasiado tiempo hasta que la camarera intente ser interesante, el cocinero sea el cuerdo y todo el resto y unos simples locos actuando en el pintoresco escenario de casitas bajas. El autobús esperó un tiempo a los pasajeros aún en la plataforma, indecisos y después de varios amagues el micro cerró sus puertas de forma brusca impermeabilizándolo del frío. El pasajero se quitó el sobretodo y miró por la ventana. Busco lo natural. Algo real, pensó. Quitándose los guantes y apilándolos dictaminó en sus razonamientos: "eso no es algo que se encuentre en un pueblucho de lindas fachadas".
Su mirada, recorriendo la plataforma se topó con los ojos de alguien que lo miraba desde abajo. Las puertas se volvieron a abrir y el chofer volvió a bajar. El pasajero, desde su ventana, miraba inmóvil los ojos verdes o marrones de la camarera. Agarró sus cosas en un bollo y se largó por la puertas abierta, por donde entraba el frío estival.
El micro volvió a cerrarse y arrancó girando con torpeza. Dos pares de ojos lo miraban fijos desde la plataforma buscando los de los pasajeros que miraban por sus ventanas. Buscaban a alguien más que viaje casi sin elección. Casi sin quererlo.
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