miércoles, 21 de noviembre de 2012

Azul




               En un bar habrá enfrentados dos hombres que saldrán a tomar un café. En el bar de techo de chapa de la esquina de Arévalo. Un hombre con el rostro cubierto de barba negra con algunas canas que empiezan a aparecer y ojeras que denotan un severo cansancio carga una caja de cartón y espera que pase un auto gris para cruzar la calle. Había cerrado su negocio de la mano de enfrente y ahora pretendía una lágrima en jarrito. El día encapotado previene que va a llover. Otra cara, afeitada y limpia, ya espera en una silla enfrentada a otra de material metálico sintiendo la humedad del ambiente mientras los ojos siguen los renglones de un libro con tapa azul. El semáforo cambia deja su estela el húmedo asfalto. Los autos embravecidos reanudaron su correr por una calle en la cual se situaban negocios uno al lado del otro encuadrados por dos árboles que son puro tronco linderos al bar.

               —Perdone… Soy Federico —dijo una voz tímida detrás de toda esa barba interrumpiendo la lectura. Federico llevaba un traje de color azul marino. Había estado guardado durante bastante tiempo. Raído en los codos y en las sotamangas.

                Dejó de lado un libro y Gastón Benavidez lo miró a el rostro con la tranquilidad que transmitía a través de las mejillas rasuradas y dijo:

                —Sentate, si querés —y a le agregó al hombre mozo que estaba cercano—. Un café grande. Solo.

                 Federico se sentó dejando la caja de cartón corrugado con cuidado en el piso y se apuró pidiendo a un mozo que ya se iba:

                 —Para mí un jarrito con una lágrima de leche, si puede.

                 Federico miró a las mesas de alrededor en las cuales dos o tres personas almorzaban. En la del fondo había dos chicos que jugaban con las papas fritas y el Ketchup y, sus discusiones y risas eran las únicas que se escuchaban en el bar. Una sonrisa o una mueca se dibujó en sus labios. Pensó que el silencio frente al gran Gastón Benavidez lo intimidaba y eso solo generaría más silencio.

                 —Pareciera que va a llover —comentó extendiendo la mano.

                Gastón, que jugueteaba con el libro haciéndolo moverse en círculos, no respondió y miró hacia el interior del café a ver si venía el mozo.

                  —Basta. Se acabó el juego —se escuchó de fondo como ponía orden la madre.

                   El semáforo volvió a cambiar de color y con él toda la calle. “Estela” se le vino a la cabeza y los pensamientos empezaron a fluir acelerados. Miró al piso y antes de que Benavidez abriera la boca agregó corroborando:

                  —Yo soy el amigo de Estela.

                  Cuando salió esa frase de sus labios se dio cuenta de que no solo lo sentía importante sino también que lo decía sintiendo algo de orgullo. Gastón que ya lo sabía con antelación sonrió.

                 —Sí, lo sé —carraspeó incómodo—. ¿Y la conocés hace mucho?

                 Federico se percató de que a sus 29 años había ido al café sin abrigo y una brisa helada se le coló por el pulóver azul marino. El cielo se reflejaba en la mesa metalizada sobre la que el mozo apoyó una taza llena de café negro y después el jarrito.

                 —Benavidez, le traje la caja.

                 Mientras el Benavidez miraba la caja él miraba para dentro. “Desde cuándo la conocía” se repetía en su cabeza sin responder. Hará 15 años quizás. Quizás un poco más. Su pelo conocía. Y su sonrisa. Volvió a asentir sin responder la pregunta. Miró la caja.

                 —Tiene su apellido escrito —dijo señalando la letra escrita varias veces con lapicera bic en la que leía Benavidez, su apellido.

                 —Sí, me imagino —el hombre tomó un sorbo de su café e hizo un ademán para agarrar la caja. Sin embargo se contuvo. Igual hay que terminar los cafés, pensó Federico con ironía. Él movió los pies por debajo de la mesa y agarró de forma delicada el jarrito. Una gota le cayó en el rostro. Se la limpió rápido asustado.

                 —Hace bastante que no la veo —agregó Federico. Gastón y ella tenían el mismo apellido pensó.

                 —Claro.

                 Federico se repitió el veo en la cabeza. Veo. Presente de algo. Yo veo, Él no ve. Conjugaba el verbo para sus adentro. Todo eso había dejado de ser. Depositó el jarrito en el plato. Cayó otra gota de agua y suspiró aliviado, se trataba de sólo lluvia. Quizás esto del café termine antes pensó. Y no, no era una lágrima. En el fondo de la calle un negocio había cerrado temprano y tenía, en son de disculpa a sus clientes una nota en la puerta. Los peatones esperaban temerosos el cambio del semáforo. Federico agregó un sobrecito de azúcar a su jarrito y revolvió con la cucharita.

                 Benavidez apuró otro trago del café.


                 Cambió el semáforo y con él el resto de la calle húmeda cambió de color volviéndose verde. De un momento a otro Federico se dio cuenta que sólo podía hablarle de Estela a el hombre que tenía enfrente. Era el único que la conocía entre aquellos que él conocía aunque no veía demasiado.

                —Estela para mí es mucho… Désela lo antes que pueda —miró la caja que estaba en el piso y la colocó encima de la mesa—. ¿Puede ser? —agregó como si a pesar de todo, quisiera pasarlo como un simple pedido.

                 —Si claro, no te preocupes. El finde no va a llover. Se la doy cuando la veo.

                “Cuando la veo” pensó Fede. “Cuando la veo”. No algo finamente planificado, pensado, calculado como era esa caja. “Cuando la veo”, como si allí adentro abría cosas olvidades hacía poco. Federico vió sobre el hombro de Gastón que varios clientes leían lo que decía en la puerta del negocio y se quedó en silencio. Eran cosas olvidadas igualmente, tiene que ser así pensaba abstraído Federico. Su vista se ve interpuesta por los autos parados por el semáforo y se enfoca sobre el rostro de Gastón que no lo mira a la cara. Abrío la boca como un pez bajo el agua, pero indefectiblemente una y otra vez la volvió a cerrar. Enfrente una mujer quiso parar un taxi para prevenir que le agarre la lluvia pero se le escapó. Gantón chasqueó la lengua y volvió a mirar la caja de cartón. Federico entendió que no podía.

               —Usted que es el primo, ¿la ve seguido? —dijo a través del jarrito que le tapaba el rostro.

               El bar comenzó a cerrar algunas sombrillas azules que quedaban como estacas de un país de días fríos. Las gotas se aumentaban de tono y varios clientes se movían adentro a esperar que el mozo les trajera el plato para continuar su comida. Al café de Gastón le quedaban dos o tres tragos. La cerámica blanca de la taza no le dejaba ver a Federico. Él en cambio se sentía frágil. Transparente. Indefenso. Casi no había tomado de su jarrito.
 
              —Si, bastaste. Nos vemos seguido. —Gastón se llevó la mano a la cabeza y comenzó a acariciarse el pelo.

              —¿Y… no la puede ver antes? —avanzó Federico en voz baja, como si requiriera un favor impropio.

               Federico se sobresaltó por el ruido de un trueno. El relámpago, había pasado invisible sin que se diera cuenta.. En la vereda una vieja se persignaba enfrente de la verja cerrada. De un momento a otro la lluvia empezó a hablar. El mozo apurado sacó las sombrillas de las mesas y las entró de a dos. El cielo y el pavimento eran ahora grises y no eran necesarias. Todo tiene una tonalidad espesa como la de un cuadro de Quinquela. Sin embargo. Benavidez miró el último trago de su café y lo apoyó en la mesa. Finalmente Gastón decidió preguntarle:

                 —Vos que entonces… ¿Eras su amigo? —dijo mirándolo de reojo desentendido de la respuesta.

                 Federico no sabía la respuesta. ¿Eso era ser amigo?, pensó. En cualquier caso ya no lo era. Él no tenía dudas. Pero quería saberlo con total seguridad aunque sabía que eso lo terminaría de destrozar. Una gota repiqueteó en la taza blanca que yacía sobre el plato prácticamente vacía. Anunciaba que iba a caerse el cielo a pleno. Caían heladas gotitas de lluvia y rebotaban en la mesa del bar colándose algunas adentro de esa gran palangana de cerámica blanca, reponiendo su contenido aunque sea de forma imperceptible, de una forma más trasparente. El asa de la taza fue agarrada y fue llevada a los labios finos de Benavidez. Los hombres sentados, enfrentados, seguían allí afuera mientras sus bebidas se aguaban. No solo indiferentes a mojarse, si no también de haber quedado abandonados por el resto de los clientes y, por el mozo del café que los mirara de reojo.

                 La mesa de color blanco se iba inundando de agua que se embalsamaba en la cornisa de aluminio. En silencio esos dos hombres se habían juntado a tomar un café, lo que hacían de a pequeños sorbos. El imberbe amagó pararse, pero después de mirar al hombre enfrentado se volvió a sentar con disimulo. El barbudo sentía como el agua le chorreaba del pelo mojado pegado al cuero cabelludo. En el pavimento se reflejaba las estelas de luces del semáforo de la esquina que cortaba el tránsito impaciente de forma caprichosa, puesto que por allí no pasaba ningún transeúnte.

                 —Así que, Federico Ivánov… —articuló finalmente Gastón guardándose el libro que había quedado sobre al mesa adentro del saco. Con el pelo mojado que acentuaba las entradas del escaso pelo que le quedaba en el cráneo. Sin ninguna barba, al hablar, escupió algunas gotas que intentaban colarse por su boca—. Por fin nos conocemos. ¿No es cierto?

                 —Sí —respondió Ivánov ensimismado en la caricia que daba a su barba, y agregó— ¿Estela está bien? —se animó finalmente a preguntar.

                 —Estela —se limitó a repetir Gastón con una sonrisa irónica en la boca.

                 La charla se detuvo ahí. Federico en silencio recordaba su último encuentro con Telita. Su vestido blanco de verano que le llegaba apenas a la mitad de sus muslos blancos, se ondeaba con viento sudeste. Hacía ya tanto pensó Federico. Gastón Benavidez se arremolinó en la silla de mimbre que crujió. Debe estar incómodo en esa silla mojada y Federico tamborileó en la caja. Finalmente tras algo así como un minuto de silencio Federico volvió a decir:

                 —Sí, Estela. —con un gestó con la mano a una cintura ausente agregó— Telita.

                 —Ajá —asintió Benavidez y finalmente acomodándose en la silla—. ¿Para eso me llamaste, Federico? —terminó diciéndole mirándolo de frente. —Es mejor que mandes tú la caja. Puede mandarse tranquilamente por correo —miró la caja de cartón que estaba mojándose junto a todo Federico Ivánov trajeado que tenía enfrente.

                 Federico estaba juntando gotas que estaban esparcidas por la mesa con el dedo índice. Cabizbajo. La calle se había ido vaciando y pasaban ahora unos pocos previsores con paraguas en escala de azules. Debajo de un paraguas azul petroleo caminaba un hombre con un traje azul empapado a pesar de haberse cuidado. Se detuvo antes del cordón de la vereda en donde se amontonaba agua al caer toda junta. Dudó en como cruzar. Caminó un trecho pisando la cornisa y finalmente metió un zapato adentro del río.

                El semáforo se tornó verde y con la estela de la la calle. La gente volvía a esperar a cruzar la calle. Un hombre llevaba de la mano a un niño que saltaba de charco en charco sin cuidarse de mojarse. En la mesa, la cornisa de aluminio se iba llenando de agua embalsamada que juntaba Federico con el dedo mientras continuaba en silencio.

               —¿Entonces? —Gastón se impacientaba y miró el reloj de pulsera. — No me sobra el tiempo.

               Federico lo sabía, y eso lo incitó a ensayar algunas palabras:

               —Yo… Bueno, usted sabe… Estela…

               —Estela pasó hace cinco años ya Federico. ¿Esto va a continuar mucho más? Sus cartas… Sus penas… ¿No se da cuenta que no tiene sentido?

               La caja de cartón estaba empapada. Casi desecha. El hombre hizo aúpa al niño para pasar por encima del agua embalsamada en el cordón. Había sudestada y la calle se inundaba al no poder desagotar el agua en el río de la Plata. La pareja siguió caminando hasta llegar a la mesa de los dos hombres tomando café. Ambos miraron extrañados a Federico y el padre finalmente balbuceó

                —Lamento la pérdida —posteriormente hizo un gesto confuso y ante el silencio de Federico y Gastón se alejó para cubrirse de la lluvia.

                Gastón arqueó una ceja pero no dijo nada. Tenía la taza casi llena de agua y jugaba con ella en la mano. Subió la mirada. Federico se levantó de la silla y estrechó la mano fría y pálida a Benavidez. El traje azul le quedaba ajustado. Estaba hinchado. Corrió la silla y de la mesa empezó a correr un hilo de agua que caía en catarata hacia el piso.

                En la mesa quedaba solo Benavidez, quien sentado bajo la lluvia no se movió durante un rato. La caja se encontraba empapada. Cualquier movimiento la habría desecho. Agarró la taza para tomar un sorvo, pero la encontró inundada de agua. Federico ya estaba en el borde de la calle. Dudó un segundo y saltó el cordón. El agua se derramó de la mesa, y un hilo constante comenzó a correr cayendo sobre el piso. En el fondo de la taza, Federico miraba a Gastón. Con su barba tupida y sus pelos flotando.

martes, 20 de noviembre de 2012

Little London


Marcos no se acordaba como habían terminado rodeados de casitas de muros blancos y rejas trabajadas con cuidado, pintadas de verde inglés con pinceles de marta.  Metiéndose por pasajes de adoquines colocados rítmicamente con suma delicadeza. Lugares reservados para los que pasaban usualmente con el diario con noticias de ayer bajo el brazo y para hombres paseando a perros. El resto circula por ruidosas avenidas. Y aquí y allá, garitas marcando la resistencia. Sin darse cuenta que ellos se habían entremezclado. Sin saberlo, habían sido invitados al pequeño Londres. Así llamaba la gente de la zona a esas cuantas cuadras escondidas en el culo de Primera Junta, adentrándose hasta Goyena.
En una de esas callejas vivía un amigo de ellos. Los seis iban seguido. Marcos pensó sonriendo que solo cerrando los ojos podía visitarla. Es que las casas que hay en el little London pertenecen sin duda, a un Londres perdido que queda en algún lugar recóndito, de su imaginación.
—Son casitas de Hansel y Grettel que, si no se quiere estar buscándolas con migas de pan sólo se las puede encontrar cuando se colocan bien educaditas, para tomar el té a las five o’clock. —murmuró Marcos por lo bajo.
Mientras esperaban a que Matías abra la puerta se escuchó que preguntaba Manu:
— ¿Ché, fuiste ayer a la quinta del Tincho al final? Hace banda que no lo veo.
—Noo, ¿Sabés que no pude encontrar el camino? —respondió la voz perdida de Pepe.
—No te la creo —risa—. Qué pasó, ¿Te perdiste?
La reja de hojas de afuera que ya habían traspasado los dejaba en el patio del frente después de subir un pequeño peldaño que los separaba de la calle. Esperaban que Matías abriera el portón de la casa. La entrada imponente, reflexionaba Marcos, símil al de una fortaleza, hacía que la expectativa de seguridad sea aún mayor. Arriba de la puerta, un techito bajo el cual se arremolinaban todos como podían daba más jerarquía al gran portón que continuaba sin abrirse La ventana de abajo, con rejas cuidadas por motivos florales, debajo de esta, un balconcito…
Demasiadas combinaciones de llaves. El cuchicheo de los tres chicos de preguntas ya armadas imploraba que Mati encontrara de una vez la llave. Los que no hablaban eran allá, Daniela y Marcos ambos abstraídos en su mundo.
—Hola.
—Hola.
Se escuchó como se introducía finalmente la llave. Los gritos exagerados hicieron imposible continuar la charla si es que había algo más para decir. Mati forcejeó y tiró. El piso de madera asomaba apenas invitándolos a entrar. Allí arriba un viejo Chagall miraba conocedor. Entraron con cuidado. En silencio. Pisando con el pie de a partes. Sintiendo primero el talón y por último los dedos más chicos del pie. Se sobrecogían una y otra vez cuando a pesar del cuidado escuchaban el crujido del piso de pinotea al recibir su peso. Y asentarse. Les intimidaba, las terminaciones finas en madera. Les impresionaba los pisos recubiertos por mosaicos. Y allí arriba, un viejo Chagall sonreía de forma cómplice. Todo los enmudecía y les dejaba apiñados alrededor del dueño de casa como el perro del cuadro. Aferrado a las faldas por miedo a perderlas.
            —Che… ¿El baño? —preguntó Marcos con un hilo de voz.
            —La tercera puerta —respondió señalando Mati un pasillo que parecía infinito.
            Daniela miraba hacia arriba. Comenzó a encarar su camino. Un paso de por vez. Pasó la primera puerta y oyó. —che, ¿hacemos unos mates?—. Poco a poco se sentía alejado. Olvidado. Mientras escuchaba como los otros se iban por otro camino. Hacia la cocina. Pasó la segunda puerta. Escuchaba algo lejano —¿quieren jugar a algo?—;  pasó al lado de un péndulo que se movía de un lado al otro sin poder avanzar. Llegó a la tercera puerta. Silencio. Estaba solo. ¿Era aquí? ¿Será éste el camino?, llegó a pensar Marcos contemplando su alrededor.
            A la vuelta el pasillo se la hacía más largo. Escuchaba las voces de fondo apagadas entre maderas y decoraciones. Los primeros compases de Viernes 3 AM que empezaba a escucharse en un aparato Phillips. Tres, cuatro, cinco puertas altas. No llegaba a tocar los marcos. Por allí debía estar el padre. Unas escaleras anchas se veían de fondo a oscuras a pesar de ser plena tarde. Quizás también el hermano o su madre bajaran por ahí. Y temía encontrarse con alguien y no poder explicarle bien que hacía allí. Lejos de todos los demás.
            —¡Estámos arriba Marcos! —se escuchó gritar a Dani.
            Subió apurado. Saltando peldaños. “y el reloj de tu puño marcó las tres”.  Sentados alrededor de una mesa. Su lugar estaba asignado siendo el único vacío. Manuel tenía en sus manos unas cartas de truco. Esperando que se calentara el agua para empezar un juego nuevo. Si se sentaba, Marcos estaría en diagonal a Dani. Gritó la pava, El mate estaba casi listo.
—¿Puedo cebar yo?— preguntó Daniela.
Y, como siempre, a pesar de que todos sabían que el segundo ya iba a estar lavado, nadie se le negó.
            —Somos seis. ¿Tres y tres? —dijo Manu empezando a mezclar.
            —Por mí dale —dijo Marcos encogiéndose de hombros, y sentándose con todos— ¿Cómo estamos sentados dale?
            —No… Tiremos reyes.
            —No jodas.. dale, como estamos.
            —Es afano —dijo Manu mirando a Dani, que estaba arreglando el mantel sin darse cuenta de nada, y a Pepe que se encontraba a su lado.
            —Bueno, dale, cambiate con Pepe, y estamos.
            —¿Qué decís, chabón? Dale juguemos así que ganamos.
            —Te dije —volvió a embestir Manu— Reyes.
            —Yo no me voy a mover —dijo Marcos sentenciador.
            —Yo quiero el pica a pica contra este gil, eh. —dijo Pepe.
            Marcos miró a Dani
            —¡Ché! Mati, venite, así empezamos. —dijo ella.
            Mati, cargando el mate, los bizcochos, y una rejilla para no quemar la mesa caminaba con cuidado. Entregó todo, de a una cosa por vez a Dani y tiró a lo último un paquete Don Satur como ofrenda a un medio que les pertenecía a todos. Dani alcanzó el primer mate a Marcos. No le correspondía sabía Marcos, pero ella sabía que lo había estado esperando ansioso. Finalmente reyes. Marcos jugaba con Dani y el Chino. No iba a estar fácil pensó. Las señas de Dani las veía todo el mundo y, según parecía, ella no interpretaba bien ninguna.
Marcos miró el 2 en su mano y tiró un beso velado a Dani. Sin que nadie lo vea. Otro más. La tarde había llegado, sin aviso, entre juegos y revanchas. Dong. Dong. Marcos escuchó el sonido del reloj de la cocina. Eran las cuatro. No cabía ninguna duda. Se dio cuenta que cada uno de los que estaban allí sentados lo había escuchado y nadie le había dado ninguna importancia. Miró las caras de todos. Se encontraban centrados en un juego que alguno estaba destinado a perder. Ninguno parecía haberse percatado de nada. Si alguno quería salir debía ser ahora. Pero el bueno no había terminado y aún faltaba banda.
Jugó el primer 2 aunque sabía que era en vano jugarlo de primera. Solo porque Dani se lo había indicado de tal forma, que todos sabían que tenía un 2. Le alcanzaron su quinto o sexto mate. Mati jugó un 3. Él sabía que no valía la pena. Punto a punto. Cada vez que le daban una carta Marcos cruzaba los dedos para que fuera un pato. Con cada dos Dani sonreía turbada. Hacer la seña le costaba lo suyo. Mirando hacia abajo, con una contorsión graciosa en el rostro.
—Déjame hacer trampa. Te lo pido por favor —masculló Marcos mirando nervioso a su alrededor—. A vos no te jode, Pepe.
Pepe miró a Marcos de arriba abajo. Suspiró y dijo:
—¿Qué es lo que necesitás? —agregó cuchicheando— ¿La próxima mano?
Marcos dejó un vaso sobre la mesada. Encima, colgando de la pared rumiaba un reloj de madera. Agarró las tres cartas que le repartían y las desplegó. 7 y 6 de oro. Jugaba ante último. Si la hacía bien esto terminaba acá. Su corazón latía a ritmo de agujas. Dani tenía un 2 y el tiempo se escapaba.
La miró que estaba haciendo cualquier otra cosa. Sus miradas se cruzaron, y un gesto con el cuello fue suficiente para comunicarse.
—Envido.
—¿Qué dijiste? Che… ¿Dijo envido éste?
            La luz había ido corriéndose y la reja se proyectaba con su dibujo  de hojas sobre la mesa. El día seguía soleado pero no por mucho más. El partido terminó sin demasiado revuelo. Marcos se paró y también Dani. Le hizo una seña con la mano. El partido de truco seguía. Ella no lo veía. Otra vez. Ahí sí.
—Salimos. Vamos a comprar algo para merendar —dijo Marcos mientras miraba a Dani que ya se paraba.
            —Dejen. Acá hay. En la cocina hay un montón. Traigan alguna galletita.
            —Vamos a un kiosko y volvemos — respondió ella sin lugar a peros.
Bajaron los tres pisos por escalera. De a saltos. Haciendo gritar a esas maderas viejas lustrosas a nuevas. Chocando sin intención los dedos en un barral de nudos que se entrelazaban… Él iba detrás. Iban rápido entre risas a ver quién llegaba primero. De dos saltos llegaron a zona de mosaicos. Y el ruido dejó de escucharse. Reían y.
            —Buenas —dijo una voz grave del padre de Matías.
            Se miraron antes de contestar.
            —Cuando vuelvan toquen timbre. —se respondió solo sin esperar.
            —Dale, dale —los dos al mismo tiempo.
            Siguieron el camino hacia el afuera en silencio. Sin volver a decir ni una sola palabra intimidados por la seriedad del asunto. Llegaron a la puerta. Miraron hacia atrás y un viejo Chagall les seguía con la mirada. Marcos abrió la puerta. La miró. Ella ojeaba el afuera por encima de su hombro. Se corrió a un lado y simplemente dijo: “Las damas primero.” El pie de Dani en una topper salió y pisó, el embaldosado de una calle sin dueño. Él salió detrás. Cerró la puerta de la casa mirando hacia adelante. Sintiendo como se agarraban de su brazo. Comenzó a caminar con paso marcial.


No miraron de donde venían en ningún momento. No les importaba. Era de día. Cerca de las cuatro. Los muros blancos de cal en los que pegaba el sol pero a pesar de eso hacía frío. Por allí un guardia de seguridad los miró desde su garita de la esquina y se dió por saludado.
— ¿Qué querés hacer ahora? — dijo Marcos y la miró a los ojos.
No hubo respuesta. Porque no había respuesta clara. Pregunta idiota pensó. Estaban allí afuera en el hermoso barrio de enredaderas crecidas por pulgadas. De adoquines que se repetían buscando la perfección. O al menos eso creían ellos.
Marcos dijo:
—Mirá que linda casa esa —señaló a un chalecito que evocaba a una casa de galletita. Ella no comentó nada. Marcos miró el techito de tejas oscuras de chocolate amargo que protegía la puerta. Se distrajo mirando a Dani. Pisó una baldosa floja y con una puteada por lo bajo se centró en el camino.
Ahora que habían salido Marcos no sabía bien que era lo que seguía. Trataba de recordar esos momentos de películas, donde dos pasean uno al lado del otro. Pero nada le parecía correcto. Mientras estaba en esas cavilaciones estiró el brazo pensando que debía abrazarla. Pero se interrumpió.
— Busquemos un kiosko para comprar algo. ¿No te parece? —dijo ella.
— Sí, vayamos para allá —señaló en línea recta para adelante—. Seguro que encontramos algo.
Dani se arremolinó contra el brazo de Marcos para calentarse un poco del frío que entraba en su cuerpo. Él se quedó rígido. Y giró apenas la cabeza para mirarla. Pero ya no podía verla sin quedarse bizco. Comenzaron a caminar vacilantes. Sin querer avanzar de veras.
— Que bueno que salimos. ¿No?
Marcos sentía como el perfume de su pelo se colaba por todos sus sentidos. La presencia a su lado, silenciosa, pisaba las baldosas sin que se escuchara nada. Allí caía lentamente una hoja retrasada del otoño. Ella corrió a agarrarla antes de que tocase el suelo y el viento se apropiara de ella. Unos metros más adelante se dio vuelta. Él seguía inmóvil y le sonrió desde la distancia. Volvieron a estar lado a lado.
—Sí, que bueno que salimos —respondió él.
Sonó el reloj del celular. Eran las cuatro y media. Unas pequeñas nubecitas inofensivas aparecieron en el cielo azul. A Marcos lo separaba de Dani el brazo indeciso que medía una y otra vez la distancia y si debía o no abrazarla por sus flacos hombros. Se estiró, y quedó a medio camino. Se rascó la cabeza. Pensativo.
            Estoy tan cerca pero al mismo tiempo tan lejos, pensó. No sabía cual era el camino para llegar a ella.  Desde la ventana enrejada con motivos de hojas, una mucama golpeaba el polvo de una alfombra sin poder sacarla fuera,  una enredadera se retorcía y confundía sus ramas.
El ruido de autos pronosticaba una avenida cerca. Ese reducto de tranquilidad y belleza llegaba a sus límites. Allí, Goyena. ¿Es Goyena?, pensó Marcos. El fin de la calle. Y a lo lejos se veía el cartel luminoso de los negocios que se hacían presentes. Cruzó el brazo y la abrazó. Un suspiro, ella no se opuso. Una cuadra antes de que todo terminara, doblaron a la derecha sin decir nada.
— Falta algo —susurró Dani de forma imperceptible.
No respondió nada, pero lo dejó pensativo. Él también lo sentía en el medio de su pecho, que latía como un segundero acelerado. ¿Qué hora es? se preguntó. Las cinco estaban cerca. Pero aún faltaba. El sol se tapó con una de esas nubes molestas. Y todo tomó el color sin brillo que da un sol ausente. Vió como los mosaicos de los patios dejaban de emitir ningún reflejo. Estaban tan distintos así.
Volvieron a doblar. A la izquierda. Sabiendo que no aparecería ningún kiosko por ese camino. Que no aparecería nada. Solo casas con balcones soportados con balaustradas de columnatas. A su derecha, una serie de pajareras de hierro forjado. Y otra mucama golpeaba el polvo de una alfombra con formas geométricas. Los miraban como caminaban en círculos. Un hombre paseaba un perro sacándolo de su reclusión en un patio interno. Lo hacía de forma apurada. Se acercaban las cinco.
—No creo que haya nada por acá. —volvió a decir Daniela por lo bajo.
—Si… yo tampoco. —respondió él, continuando con su paso.
¿Algo?, pensó Marcos. Qué podía haber más allá de esas calles sin tránsito. ¿Qué esperaba? Se cuestionaba una y otra vez. Y trataba de aminorar el paso. No había indicio de que pueda aparecer algo sin salir de ese oasis. Él, al menos, no esperaba nada. ¿Dani? ¿Por qué Dani estaba con él? No sabía si realmente había entendido. ¿Sería por pena? O por confusión. La miró incrédulo. Y decidió parar. Faltaba muy poco para las cinco. Había algo distinto pensó Marcos. Las casas se enfilaban con la numeración de la calle. Las tejitas de los techos que descansaban sobre las puertas eran a la vista ahora de color negro. El sol se había tapado casi completamente, y todo mutaba a un color mas plomizo. El cielo gris. Allí estaba la casa que le había gustado. Con una enredadera en la puerta que casi la cubría completamente. Adentro se imaginó un patio, adonde, cavaba un perro buscando algo distinto. Algo propio. Algo con afán.
El empedrado de la calle generaba una trama dura y resbaladiza. Allí, un agujero negro declamaba un adoquín faltante. Miró el hueco de la calle y se repitió en voz baja: “algo falta”. La miró a los ojos una vez más. Pero ella no estaba allí con él. En silencio, dejaba que aquel brazo que no le pertenecía colgara inerte de sus hombros. Se mordía las uñas ensimismada. Él le preguntó:
— ¿Qué pensás?
Marcos se dio cuenta rápidamente de su tontera. No debía querer inmiscuirse en terrenos que solo son de uno. En su patio privado. Allí una garita de seguridad verde, le recordaba que estaba en una tierra que no le era propia. En una seguridad que no le correspondía. ¿Dónde estaba? ¿Acaso importaba? Las cinco se acercaban. ¿Qué sucedería a las cinco?, pensó Marcos. Poco a poco los colores que se saturaban. Sin brillo. Sin ya un sol que ilumine como antes.
— ¿No deberíamos ir a buscar un kiosko? —le preguntó con temor de que los “y bué” se empiecen a entrometer.
—Allí —respondió Dani señalando calle abajo— termina esto.
Él siguió el dedo con la mirada. Y agudizando el oído escuchó a los autos que pasaban con bocinazos frenéticos. Allí no había paz, ni cuartel. Siguió el dedo con miedo. Y comprendió lo que le quería decir. Allí. No hay retorno, murmuró para sus adentros.
Dani asintió a pesar de que no lo había escuchado.
— Van a ser las cinco —dijo Marcos mirando el celular una vez más.
— ¿Qué pasa a las cinco?
No supo que contestar. ¿Qué pasa a las cinco?, se repitió la pregunta. Tenía que volver. Se encogió de hombros y no le respondió. Se puso a jugar con una ramita, marcando los contornos de una de las piedras que formaban el piso. Separándola del resto.
— Vamos —suplicó Marcos.
— No espera. Me siento extraña —le dijo.
— Ya son casi las cinco —respondió en forma sombría. Como si eso explicara todo. Y es que lo hacía— Es la hora de tomar el té en un barrio inglés.
—No, no volvamos aún. Sentémonos un rato.
¿Había algo más que se pueda decir?, se preguntaba Marcos. Ella no se daba cuenta quizás por estar distraída o quizás simplemente por estupidez de lo que allí pasaba. Los ojos tristes de él se ensombrecieron de desesperanza.  Las enredaderas cubrían las paredes de atrás. Todo en un gran paredón uniforme, en el que solo se distinguía allí, allá, un poco de blanco. Algunas partes que se olvidaron cubrir para confundir pensó Marcos. Agarrando hojas. Ella se sentó en el escalón que separaba a la casa de la calle. Se dejó caer como un bulto.
Allí las farolas en verde oscuro no iluminaban aún a pesar de que las sombras se hacían mas pronunciadas. Las five o’clock iban llegando. Y el sol había desaparecido tras nubes grises. Él sacó el celular una vez más para mirar la hora. Ella, lo observaba con lástima en sus ojos. Cinco menos diez.
Un ruido motorizado pasó, lentamente. Y con él se fueron las últimas esperanzas. Calle abajo, iba hacia la avenida, que él seguía mirando con miedo de perderse. Miraba a Dani desde arriba y era irse o quedarse. Decidió abandonarse allí. Se dejó caer como otra bolsa a su lado. Un adoquín se le clavó pero decidió no hacer caso. Se quedaría allí. A su lado. Dani lo miró. Y le preguntó:
—Decíme que te pasa Maqui. Estás raro.
Él sonrió tristemente. A pesar de todo, le importaba. Otro auto pasó más rápido, corriendo en el río turbio de canto rodado. Marcos suspiró. Abrió la boca, tomando aire.
—Me pasa… —miró su ceño fruncido y largó una risa de hiena— ¿Y a vos?
—¿Te puedo contar algo?
—Claro. Lo que sea —segundo, segundo, segundo.
Pi-Pi. Sonaron las cinco en el celular de su bolsillo.  Ya era tarde. Había que volver. Sin embargo, mirándola a la cara no sabía como decírselo. No podía hablar. Marcos tenía un nudo en el pecho.
—Creo que me gusta Mati. —susurró Daniela
Todo era ya, en vano. Pensó Marcos.
—¿En serio? No lo había notado.
—Ahí vamos, siempre dicen que soy obvia.
Marcos miró hacia el fin de la calle donde pasaba un colectivo. Marcos pensó cuantos de esos pasajeros estarían en pena. Debería haberme ido cuando podía dictaminó. Sacó el celular con descaro frente a ella. Las cinco y cinco. Ya era tarde. Demasiado. El pecho le latía de forma acelerada. El tiempo pasaba demasiado rápido.
— Debemos volver —dijo parándose sin dar tiempo a peros ni esperas.

            — Bueno. Si vos querés…
            Emprendieron la vuelta en una calle vacía. Sin ninguna galletita, sin darse cuenta que eso también les faltaba. Marcos estaba seguro que Dani no quería volver entre aquellos que estaban en un pequeño Londres ignorándolo. Adentro de una casa de paredes blancas y enredaderas que crecían por pulgadas. En un castillo de ilusiones. Lo miró a los ojos y de alguna forma le pareció que le pedía que se quedara. Sin embargo, Marcos ya no estaba y empezaba a decir “Y bué”.
La calle se encontraba desierta ahora. Por ningún lado se veían un alma salvo allá, en las luces que corrían desaforadas hacia un lado u otro. La luz era poca. Nada parece tener vida, meditó Marcos. El sol de invierno empezaba a esconderse.
Es que ya no pertenecían al Little London. Si lo hicieran, no estarían allí en la calle. Sino adentro de una casa tomando el té. El guardia que miraba desde una garita lo sabía. Marcos también. Y observando a Dani se preguntaba si ella se daba cuenta que ya eran las cinco y veinte o y media
 Desde afuera, todas las casas se parecían. Doblaron a la izquierda. Allí al final de la calle otra avenida. ¿Será Goyena esa?, pensó Marcos. El sol se tapaba bajo un cielo encapotado. Gris.
            — Realmente me siento extraña. —volvió a decir Dani.
 ¿Habíamos doblado a la izquierda?, cavilaba mientras Marcos. De un momento a otro, la casa blanca de su amigo se aparecía por todos lados sin distinguirse de ninguna otra. Había un cuadro en la entrada que debía verse desde la ventana. Pero en todas las casas desde la entrada se veían algún tipo de cuadro a pesar de que ella se lo discutía a Marcos
— ¿Había un cuadro?
—Sí, un óleo — se dio cuenta por la cara que dudaba— Uno con una mujer con un sombrero. ¿No lo viste?
Todas las casas tenían plantas cortadas de la misma forma. Idénticas. La garita de seguridad se repetía vacía ahora en todas las esquinas del mismo color verde inglés.. Marcos sentía que ella ahora en cada casa ella le discutía si era o no. Todas se parecían y no eran bienvenidos en ninguna.
Empezaron a tocar timbres aquí y allá pero parecía que no había nadie que les quisiera atender en ese Little London que los dejaba abandonados. En una y otra casa golpeaban la puerta, esperando que algún padre les abriera y los dejase entrar otra vez en aquella casa de molderías de roble y muebles de vidrierías finas. Seguro allí dentro se encontraban sus amigos, que debían estar riéndose, jugando a algún juego de mesa.
            — ¿No podremos volver nunca? —dijo mirando hacia los dos lados— Allí hay una garita. ¿Será la misma?
— ¿Preguntamos? —Dijo ella sin moverse.
            La miró con algo de odio en sus ojos. La primera persona plural se le hincaba en la carne y le hacía recordar que no correspondía. Esa voz no estaba acorde a la situación. Inclusiva. Aquí y allá las calles de adoquines colocados bajo presión se repetían una y otra vez. Todas las calles terminaban según parecía en el mismo lugar. ¿Cuál es la diferencia?, pensó Marcos. Y miró a Dani que lo miraba expectatante.
            — Y porque no. Esperame acá que voy yo y pregunto. ­—no se movió ni un paso— Voy.
            Con pasos lentos, fue encarando para una garita de seguridad con vidrios esfumados. No se veía si había alguien adentro. Iba pensando qué podía preguntarle. No se acordaba la dirección. Ni ninguna referencia. Quizás el apellido de la familia le sirviera de algo para poder ubicarlo. Perdido como estaba entre callejas. Una fina garúa comenzó a caer. Propia de la humedad de Londres se dijo.
            Se fue acercando con cautela. Y golpeó a penas el vidrio de la garita. Nadie salía. Nada. Se dio vuelta para mirar a Dani. Que allí seguía. Sin moverse. Dio un par de pasos decepcionados cuando detrás escuchó alguien que decía
            —Sí, ¿Que necesitas, pibe?
            Tardó en darse vuelta. Como si temiese lo que estaría a punto de averiguar. Giró sobre sus talones y en un hilo de voz preguntó:
—¿La casa de los Marchessini tiene idea dónde queda?
            El guardia lo evaluó. Y simplemente volvió a cerrar la puerta. Sin decir nada. Allí del otro lado de la calle Daniela todavía no se movía. Lo miraba inquisitiva, sin haber escuchado el diálogo con las manos en los bolsillos canguro de su pulóver. Tiene miedo de seguir perdida pensó Marcos mientras miraba la cuadra. Casita al lado de casita, no se diferenciaban así como lo hacían los adoquines pensó. Cruzó.
            — ¿Y? ¿Qué te dijo?
            Es la cuarta de esa cuadra, respondió Marcos señalando a una no distinta de las otras. Protegida por una reja y alejada de la realidad, las ventanas cubiertas por barrotes y el techo de un portón demasiado grande. Ella lo miró, desconfiando de esa verdad. Parecía tan inverosímil que allí adentro se encontraran sus amigos. Él sonrió y pensó que allí adentro no habría cambiado nada. Seguirían jugando al truco. Tratando de hacer trampa para ganar. Observó a su alrededor a oscuras. Aquí y allá, con las nubes cargadas y la garita inquisidora, desde la cual se sentía ahora observado. Se dió cuenta que era mejor ir arrancando.
            — ¿Es esta? Sí, mirá el techito del portón. Quedarnos aquí afuera. —señaló—. Podríamos tocar timbre. —dijo Marcos.
            — No sé. A mí no me suena. ¿Había tantas enredaderas? No se ve nada de la casa.
            — Sí, mira, tiene el cuadro y todo. Las enredaderas son iguales —dijo tomando una hoja—. Todo es como lo dejamos. —trataba de convencerla.
            — Yo lo veo muy distinto  —susurró bajando la mirada.
            — Es el sol que ha caído. Todo es igual —exclamó falsamente entusiasmado—. El guarda me dijo que era ésta.
            — Sí pero…
            —Vamos toquemos —y sin esperar que dijera nada más, tocó el timbre a fondo.
            El silencio no fue respondido ni por gritos. Simplemente la indiferencia. Se miraron. Unos instantes de incertidumbre. Unos pasos se arrastraban en un piso de pinotea., con el giro de una llave, la puerta chirrió abriéndose. De forma pausada. Lenta.
            —Buenas —dijo un padre, de forma desaprobatoria por la hora supuso Marcos.
            Entraron y un Chagall riente los recibió en la puerta. Paulatinamente fueron subiendo. Despacio, en silencio. Las maderas crujían otra vez. Ella empezó a subir adelante. Él iba atrás, vacilante. Sentía los nudos rectos, que corrían paralelos, sin tocarse, como una grafía.


Llegaron al piso de arriba. Donde se encontraban todos. Nadie preguntó por las galletitas, ni por nada de lo que había pasado en ese tiempo. Solo miradas cruzadas. Marcos se sentó en el sillón. Agotado. Los chicos preparaban otro juego. Como si el tiempo no hubiese pasado. Empezar de cero. Sacaban ahora al Estanciero de la estantería.       
—¿Quieren jugar? —preguntó Mati.  
—Yo paso. —respondió Marcos, sin moverse del sillón.
—¿En serio quieren jugar? —dudaba Manu— ¿No están cansados?
Todos se encogieron de hombros al mismo tiempo. Dani se sentó en la mesa junto a todos. ¿Algo más hay para hacer? Era la pregunta general. Miraron a Marcos, que sentado, se desentendía de la situación. — Si no quieres no juegues Manu. Marcos no va a jugar.
— En algún momento lo va a hacer. Yo me prendo dijo. Y se volvió a sentar.
Marcos miró a su alrededor. El piso de maderas le resultaba pretencioso. Nada de eso le brindaba protección. Allí, por la ventana abierta se filtraban los ruidos de una avenida que lo llamaba. Salió a la ventana y con cuidado prendió un cigarrillo. Las garitas de afuera lo miraban desafiantes. Desde allí solo se vería el fuego de la punta del pucho. Fuego y amenaza.
— Compro la estancia. ¿Cuanto sale?
A Marcos la baranda de hierro se le presentaba fría. La noche, cerrada sin estrellas, que estaban en algún lugar. Se dio vuelta y miró a cinco rostros entretenidos en comprar y en vender. Dani lo miró. Le hizo un gesto para que se acercara y volvió a concentrarse en pagarés. Marcos agarró sus cosas. Y con una despedida a la que no prestaron atención, salió. Allá, en la entrada. Un Chagall se despedía cantando.
Afuera, agarró calle abajo. Rumbo a la avenida. Buscando encontrar otra zona segura, si es que la había. Alguna que le perteneciera, en la gran ciudad de miniaturas. Alguien le había hablado de la existencia de un petit Paris, por algún lugar de la capital.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Asiento desocupado


Marcos se sentó. Con un bollo de papel en el bolsillo.
—¿Pero de qué me hablás vos? A qué no le ves ningún sentido. No entiendo qué sentido querés encontrar. ¿No te dás cuenta? Acá —señalando categóricamente el piso, la calle o la tierra— no estamos ni vos ni yo. El asiento del bondi se encuentra vacío. Nadie lo ocupa pero por pereza o —lo que es aún peor— por lástima.  No, no tienen las cosas sentido. ¿Acaso no eras vos el boludo que tenía una uña suelta del dedo gordo antes de que te cruces con el vagabundo sin zapatos y yo, distraido como siempre me golpee con una silla? ¿A qué le buscás sentido nene, si no fue a mí a quien le dolió. No ves que contar organizadamente algo que no posee racionalidad es idiota, es un sinsentido. —parándolo con la mano— No, Marcos. No te pares aún, cuchame un poco más: La vida no es lineal. No. Podés ir soltando el boleto de colectivo que aferrás en la mano. El “39” está lleno de vueltas. Pero cómo. Pero cómo querés conntar algo que no sea “simplemente” la vida. No te repito que el asiento está vacío. Eso es lo único que hay. ¿Pensás que es poco?. Pues eres un imbécil. No, Irrespetuoso no soy. Pero dejate de macanas. Niño idiota por el amor de dios.
Marcos se paró.
—¿Y después de esto? —agregó escandalizado el padre.
“Poneme presente”
Por la ventana corrían finas gotas. Un colectivo pasaba por la avenida Santa Fé. Marcós cerró la puerta de calle sin ponerle llave. El licenciado empecaría su clase en veinticinco minutos. Contaban que no se podía llegar tarde. Hacía calor y estaba retrasado. Sin embargo cuando observé como el colectivo se me escapaba —y tendría que esperar un rato indetermindado más— no atiné a correrlo. Tenía que andar con delicadeza. Agarré el celular de la mesada. Menos mal que lo agarré porque cuando me bajé, celular Marcos lo primero que hizo fue mandar un mensaje a un amigo que cursaba con el.
Sorvía un mate que aún mantenía un copete virgen. Al lado suyo Oscar le hablaba de todos los pasajeros que habían ido con él. Ese día y todos los días. Eran en realidad un solo pasajero. Sobretodo un pelado. Quizás era pelado para eliminar la variable pelo, quien sabe: —Será dentro de unos pocos años, cuando el pelado ese joputa me tiró el auto encima.— Volví a tenderle a Oscar el mate sin atreverme a irrumpir en el discurso que continuó y volvió con el mate.
Sobre el tablero del Bondi había un pelúche de esas  máquinas donde metías una moneda y el peluche bajaba. Sin embargo tenías que meter una moneda justo después de que otro haya decidido jugar cuando pasaba por allí y alla perdido. Mientras que, en realidad, terminabas jugando sólo porque un amigo le regaló un peluche a la novia.
—Encima tengo que esperar.
            —¿Cómo? —volví a su hilo.
            —Que encima le tengo que esperar. ¿Vos me estás escuchando pibe? —dijo Oscar.
            — Si, si. —certifiqué— ¿No es común?—dudé.
            —Obvio que es común esa chanchada. Y yo acá con el tiempo justo, como un boludo, te tengo que esperar a vos y al pelado joputa.
            Cuando se baja la piba de las uñas naranjas Marcos miró a donde pisaban sus píes. Allí pateaba un bollo de papel que le llegó a donde estaba el chofer —por ende Marcos— ayudado por la arrancada bestial del conductor.
            —¿Y falta mucho para Corrientes? En la calle lo lee.
            —Disculpame. El pelado de mierda no solo me rompió el auto entero. Sino que me clavó alto juicio. Y no solo me pegó alto juicio el muy forro, sinó que nadie me garpó a mí la indemnización de la empresa cuando me echó. Corrientes era la anterior. Ahora te paro flaco.

¿Venís o te vas?


—¿Entonces en que quedamos? —preguntó en alta voz— ¿Venís o te vas? Dime o te vas
Hernán aún estaba indeciso. El embudo de la gente entrando en el tren lo empujaba contra un guardia que todo lo que necesitaba era seguridad. Se debatió unos pasos en contracorriente. Allá a lo lejos vió una mano conocida que lo saludaba mientras desaparecía en los andenes. Una mujer con un tapado abrigado en exceso para el calor de la época le empujó en el hombro izquierdo. Lo hizo girar. Y la misma cara del guardia lo esperaba en el molinete.
No, no estaba seguro. Y eso que se había repetido los mismos pasos una y otra vez en su cerebro. Como un dictamen que le exigía alguien más que no era él. Algún amigo imaginario, puesto que de carne y hueso —a pesar de que salía frecuentemente— no podía enumerar ninguno. Finalmente se acercó sin empujones.
—Es el último vagón. El de ahí atrás. —indicaba con el dedo el guarda.
—Asiento 32 —respondió Hernán en susurros.
—Decime el vagón del tren nene.
—Creo que es 14 —metiéndose en la cara el boleto de ferrocentral. —Sí.
—Acá en el medio. —apiadándose— el hombre de campera azul.

Hernán continuó andando arrastrando cada paso entre vagones de color verde. La gente esperaba en filas de puerta individual ordenaditos en terminales de fantasía. Entre tanto quilombo el pibe no podía ver si por allí se encontraba un resto de camperita azul. Finalmente quedando pocos por subir se pudo vislumbrar un plaquita al lado de cada una de las entradas.
—14B – FCA —eso era lo que le indicaba. Recordaba que número era así que de un salto se metió adentro del vagón. Todos sentados los esperaban. Mirando cada uno hacia el que tenía enfrente. Hernán con todo su equipaje encima encaró siguiendo una serie de números imaginarios. — El 30 está aquí.
—¿Perdón pero usted que número tiene?
—¿Vos que número sos?
—¿30? o el 31
—Pero o sos el 30 o el 31 .
—32
            —Ah, Allá atrás.

Alquimia


Esto es alquimia: transformar los metales comunes en el oro más puro. La tristeza, la ira, los celos; metales bajos que pueden ser transformados en oro porque están constituidos por los mismos elementos que el oro.

Decime que sentís


—Dime qué sientes vamos. A qué te recuerdan las cosas hermosas. ¿Esas hojas que caen? ¿Esa brisa otoñal? ¿El beso del sol? Dime qué ves cuando cierras los ojos. Dime qué piensas cuando estás sola.
—Pues yo no lo sé. No lo sé. Yo. Yo creo que no siento nada de verdad. Eso. Supongo que yo no pienso en estas cosas. Simplemente camino y todo sigue su destino —por la ventana el paisaje se va moviendo solo. En completa monotonía. Dejando siempre un árbol de la pampa por otro similar en el mismo lugar —. Supongo que estoy vacía. Que soy una viva muerta. Quién sabe. Por ahí estoy enteramente muerta.
—Oh! Por dios niña difícil —suspiró y dijo de un tirón antes de callarse —. No hay nadie que no piense qué es lo que tiembla en el fondo de su corazón —el ruido de un café de ruta ruidoso inunda paulatinamente la conversación. —. Silencio imperdonable. —Revuelve con rapidez la taza generando la mayor cantidad de tilín-tilín posibles que ahoguen todo invasor. —No hay más que escuchar el ruido de hojas que se desprenden. Mira por la ventana. Gira tu cabeza, vamos. ¿Las ves? se desprenden para no volver. ¿Comprendes? ¿Entiendes que todo esto es para siempre? No, no niña mía. Por favor no me pongas tus ojos tristes.
—Me he hecho la interesante por demasiado tiempo que he olvidado de todo eso. Que me he olvidado aquello que era mi esencia. Aquello que me hacía ser únicamente yo y nadie más —Frunció las cejas mirando como el paisaje de la ventana continúa cambiando invariablemente. —. Ahora nada me diferencia a toda esta gente de tú café. Como nada diferencia a ese árbol del otro.

Con una risa incómoda se muerde los puños de su buso y después de varios amagues a continuar hablando y un ruido de hojas secas que se caen mientras paran orejas al ser tema de conversación. El mozo trajo un café negro y después de un silencio continuó mirando otra vez hacia fuera:
—Quizás sea algo tuyo nada más — Está sentada en una silla que no queda cómoda. Algo ha relegado y no se puedo acordar ese momento. Bufa.—. Lo lamento. No soy lo que tú buscas. Debes estar confundiéndote de persona. Crees que soy algo que en realidad sueñas. Crees que tienes enfrente algo que en realidad creas. — Se tiró para atrás y se difuminó en el humo del cigarrillo de un fumador cercano.
—No te me ocultes. —Le tomó las manos entre las suyas. —Vayas con el sol en la noche. Yo se bien que en el fondo hay algo. Hay luz en tus ojos. Hay. Oh! Pero es que no se que hay ya. Ni que viene, ni que va. Míranos a los dos juntos en este restaurante de ruta. A dónde vas. Dime. No dejes que el silencio llegue. No dejes que mi voz se calle. —Tamborilea nerviosa con los dedos la mesa— Simplemente déjate llevar. No abandones vamos. No seas mala. Inténtalo. ¿Qué ves cuando cierra los ojos? —La mira indecisa y ordena— Ciérralos.
—Veo… Veo una ruta —Ríe—. Veo una ruta cubierta por niebla por la que se oculta el sol… No deja ver a nada ni a nadie. Los autos a toda velocidad aparecen y desaparecen por arte de magia. Como fantasmas—Una de las ventanas de café se comienza a empañar. Y el auto blanco estacionado afuera comienza a desaparecer. Todo va a desaparecer. —. Como si vinieran de la nada y a la nada fueran. Nada. Son apariciones de un mundo que no existe. Es todo niebla. No veo.
—Qué sientes. Vamos, continúa.
—Yo voy en un Fiat blanco a toda velocidad. Como tantos que hay pero no se ven ni se sienten. Hasta que están demasiado juntos y se amalgaman como uno solo. Tengo miedo que esa niebla se levante pero no se que habrá tras ella. Tengo miedo que no haya nada. Simplemente un camino que no conduzca a la nada. Eterno. Eterno como un camino de la pampa en donde un árbol se repite se repite se repite hasta su cansancio para mostrarnos que es el único. El narcisismo platónico de ese árbol.
—Bien —Toma el café de a pequeños sorbos. —Realmente muy bien.

Pero ella ni siquiera la escucha. Ella ya no está en ese café con ella. Ahora está en un café de ruta con los vidrios empañados de tanta niebla:
—Ahora estoy mirando un volante que está diseñado. Un volante creado para ser distinto. Sin embargo todos los autos que van apareciendo o desaparecen son iguales. Iguales al mío. Ahora que miro bien tengo la sensación de que en todos esos autos estoy yo. Que todos esos autos son solo reflejos de ese auto conmigo adentro. Son simples reflejos en esa niebla que lo cubre todo y que no deja ver. Solo se ve a mi misma en mi auto a toda velocidad. Pero sé que no va a durar.
—Sigue vamos no te pares.

El café lleno de gente es ruidoso. A duras penas uno puede abstraerse del ruido. Pero ella lo hace. No es el mismo caso de la otra mujer que continúa atendiendo de más a brebaje. Como si fuera este a darle algo más de lucidez. Continúa hablando con los ojos cerrados:
—Finalmente me rindo de tratar de seguir el camino. No se ve si es que hay. Suelto el volante y levanto los brazos con los puños contraídos. En ellos están las hojas secas de ese árbol estrujadas —Ahora el cielo se va despejando—. Gracias.

Un fiat blanco a toda velocidad se desvía repentinamente de su camino y se estrella contra la ventana del café. Todo es conmoción. La gente grita y se acerca a la mesa de las dos mujeres que ahora se encuentran entre hierro retorcido y muerte. O quizás quien sabe vida. Un café derramado se esparce como sangre sin diques que lo contengan.

La fiesta



Ya hacía tiempo que la fiesta de disfraces había comenzado. Llegaban de a grupos: no demasiado temprano, para no insinuar que no había otra cosa que hacer; ni demasiado tarde para darle alguna importancia a la fiesta. Llegaban anónimos, cubiertos con máscaras de papel maché que paseaban de un lado a otro en un desfile de tragos. Ángeles y demonios que buscaban perderse en aquel derruido caserón de Vicente López, indistinguibles en un cuadro abstracto. Alejándose de esa realidad aunque fuera un poco.
Él mientras tanto, trataba de no pensar. Miraba como llegaban los invitados, con parco anonimato, sin descubrirse, sin dar la bienvenida. Ellos no eran bienvenidos. Sin embargo allí estaban. Y entre toda esa gente intrusa, equivocadamente, debía haber alguien distinto.
Había decidido organizar aquella fiesta hacía tiempo. Fiesta de de falsete sin nada que festejar. La casa heredada —con fecha de vencimiento por una demolición planificada— hacía que todo lo que estuviera allí fuera desechable. Caduco. Y él estaba allí afuera. En el frío. Desde allí era testigo. Al caserón, que continuaba resistiendo, entraban más y más animales indecisos.
Primero miraban hacia un lado, al otro, con especulaciones caídas. Buscaban encontrar más gente. Les adivinaba el terror de ser solos, individuos. Sentía que era él mismo quien entraba y salía. La entrada era un establo de picos y cuernos repetitivo y previsible. Todos eran iguales. ¿Lo eran?, se preguntó. Simplemente cuestión de papeles pegados, se respondió, máscaras de animales aún no concebidos. En donde estaría ella, entre todas esas máscaras.
Hacía un frío helado. Fumaba un cigarrillo apoyado en la baranda que servía de última frontera con el río de la Plata. Una bocanada más u otra. Terminaría el pucho y la iría a buscar. El vapor del río se extendía como un manto lechoso que los acogía a todos bajo un mismo techo, agregándole al asunto mayor confusión. Pero a la vez, sentía que él era el único confundido. Ellos eran iguales, no había nada que distinguir, cuchicheaban al oído. No mantenían la verdadera gracia de la noche: se habían hecho los unos a los otros, pegando papeles y plasticola. Veía como lo miraban de soslayo. Se hablaban al oído, hablaban de él seguramente. Sólo compartía con ellos aquella manta húmeda. Entre sus dos pezuñas amarillas sólo quedaba la colilla. Buscó alrededor con la mirada. Allá escapándose en el horizonte, seguramente estaría la luna naranja navegando como un velero, huyendo del ruido y de la nada, sin querer lo que sucedía allí entre esas figuras de espanto; mirando sólo a lo lejos, más allá, etérea. Se dio vuelta y observó la casa.
Entró despacio con sigilo, sin que nadie se diera cuenta de su aparición. Había música. Todo era como debía ser. Pensó que nadie le diría que le gustaba aquella música si preguntara a cualquiera en el salón. A nadie le gustaba. Sin embargo, parecía necesaria para aquel rejunte de bestias. Había gente que bailaba. Al compás. Siguiendo y pisando a un ritmo que no era el de nadie y era el de todos. Pensó que día haber algún patoso allí, alguien que no pudiera seguir aquel paso marcado.
Entonces vió como ella levantaba un pie, etéreo, manteniéndose ligada a la tierra por la punta del zapato. Rítmicamente, entre jadeos, una pierna, brazos que se alzan al cielo. Buscan despegarse. Siente que hay algo ingrávido en todo ello. La mira embelesado. Pero cuando desenfoca y hace un paneo de la sala descubre que todos ejecutan el mismo paso. Todo vuelve a la tierra. Sudan: son animales con nuevos ritos. Hasta las paredes sudan en su presencia.
Distraído se quedó embobado, observando. Algo frío le tomó de la mano: ¿Qué quería?, se preguntó, y entonces vio un gran pico y unas garras que lo atenazaban intentando empujarlo hacia abajo. Para hundirlo aún más. La soltó con asco. Se sofocaba. No había espacio. ¿Dónde estaba la barra? Mezclándose entre monstruos fue a buscar otro trago para confundirse. Para dejar de pensar. Se acomodó el antifaz y eludiendo cuernos y todo contacto fue abriéndose paso, aleteando los codos. Un vaso más. ¿Dónde estaba ella? Se acercaba a los rostros atisbando los agujeros de las máscaras. Pero solo veía negrura. Hueco. Entonces sintió un escalofrío y pensó que quizás no había nadie bienvenido entre aquellos ruidosos invasores. Ya habían conquistado el primer patio y la cocina. Eran muchos. Él entraba y salía de los cuartos, buscando, pero solo encontraba sonrisas chuecas, dadas como limosnas. Él se las devolvía como podía. Un duelo absurdo de estocadas. La distancia impuesta. Su lejanía. Y no podía volver aunque lo intentara. Se sentía en la otra orilla.
La sala de entrada, la cocina, el patio y el living estaban ocupados. Se apelmazaban en una masa acompasada que no dejaba respirar. La casa también respiraba con dolorosa dificultad. En el living se dejó caer en un sillón, apresado por hierros, a su lado se mantenía una conversación. Conversación sobre posesiones que anhelan. Los silencios se rellenaban con risas exageradas. Le parecían cotorras de risas estridentes que hablaban de comprar, tener, engullir: todo, hasta esta fiesta. Pero, ¿Dónde estaría ella? Se paró de un salto. Los miró chanceándose. Los veía como bestias inmundas ensuciando su casa. Él les había abierto la puerta y ahora no había forma de echarlos. Pero entre todos ellos debía estar ella y todo esto tendría sentido.
Máscaras por los costados, sobre los hombros y por detrás. Todos mirando, con muecas jocosas. Con muecas. Mirando torva o directamente. Descaradamente. ¿Pero cómo saberlo? Cuencas vacías. Daban vueltas y se acercaban. Cuchicheaban. Siempre hablando al oído. Él nunca comprendía más que frases sueltas.
Pensó. Pensó que quizás podían meterse en su cerebro, son esa sensibilidad de las bestias que perciben cuando uno está nervioso o, simplemente triste. Como una jauría de perros que no hacían más que juicios. O un tribunal de gallinas donde se decide cuál se erige sobre el resto. Pero no, él no pertenecía a ellos. Él era solo. ¿Ella habrá venido?
Las máscaras lo seguían. Lo miraban a través de sus cuencas oscuras. ¿Qué había ahí detrás? Nada, seguramente. No eran más que una cuestión de papeles. Detrás de su papel maché de títulos y contratos no había nada. Sólo animales con picos y garras. Temerosos de quedar indefensos.
Se hizo un claro en la niebla que empezaba a disiparse con la noche y apareció. Casi sentada en la ventana sin marco, mirando hacia fuera, como si se hubiera olvidado que vino con todos ellos. Como un hermano mayor que se avergüenza de las travesuras de los menores, travesuras que hasta hacía poco eran también suyas. Desentendida riendo. No prestaba atención a lo que sucedía ahí adentro. O le interesaba. Blanca. Hermosa. Sin máscara.