Cuando se hizo el silencio de la locura. Empezamos a escuchar el ruidito de hojas resquebrajándose que acompañaba nuestros pasos.Hacía algo de fresco y, ante una escalera caracol, se nos presentaba en un compacto cilindro cubierta de esqueletos de ramas. Nuestros pies subieron como si fueran de un solo par. Después de esa graciosa vuelta de baile del caracol, se nos presentó enorme. Sólo veíamos sus patas y la gorda panza de hormigón de su cuerpo cúbico. La luz mortecina iluminaba el piso de sombras cuadriculadas. Saltábamos de una a otra entrelazando nuestras sombras evitando que griten bajo nuestro peso. Así llegamos a la pirámide y una danza de ramas peladas y hojas que besaban el suelo nos enmudeció.
Nos sentamos lo más estirados posibles. Nos apoyamos en sus patas rechonchas que nos acogían. Jugábamos con ramitas ocres tratando de meterla en nuestras bocas cuando reíamos.De golpe giramos la cabeza y la escena enmarcada bajo sus patas era tan hermosa que solo nos hablabamos con los ojos pata no romper el cálido abrazo del gliptodonte. Lejos ahora de la locura nos sumergimos en sentir, bajo ordenadas formas geométricas.
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