sábado, 17 de noviembre de 2012

La fiesta



Ya hacía tiempo que la fiesta de disfraces había comenzado. Llegaban de a grupos: no demasiado temprano, para no insinuar que no había otra cosa que hacer; ni demasiado tarde para darle alguna importancia a la fiesta. Llegaban anónimos, cubiertos con máscaras de papel maché que paseaban de un lado a otro en un desfile de tragos. Ángeles y demonios que buscaban perderse en aquel derruido caserón de Vicente López, indistinguibles en un cuadro abstracto. Alejándose de esa realidad aunque fuera un poco.
Él mientras tanto, trataba de no pensar. Miraba como llegaban los invitados, con parco anonimato, sin descubrirse, sin dar la bienvenida. Ellos no eran bienvenidos. Sin embargo allí estaban. Y entre toda esa gente intrusa, equivocadamente, debía haber alguien distinto.
Había decidido organizar aquella fiesta hacía tiempo. Fiesta de de falsete sin nada que festejar. La casa heredada —con fecha de vencimiento por una demolición planificada— hacía que todo lo que estuviera allí fuera desechable. Caduco. Y él estaba allí afuera. En el frío. Desde allí era testigo. Al caserón, que continuaba resistiendo, entraban más y más animales indecisos.
Primero miraban hacia un lado, al otro, con especulaciones caídas. Buscaban encontrar más gente. Les adivinaba el terror de ser solos, individuos. Sentía que era él mismo quien entraba y salía. La entrada era un establo de picos y cuernos repetitivo y previsible. Todos eran iguales. ¿Lo eran?, se preguntó. Simplemente cuestión de papeles pegados, se respondió, máscaras de animales aún no concebidos. En donde estaría ella, entre todas esas máscaras.
Hacía un frío helado. Fumaba un cigarrillo apoyado en la baranda que servía de última frontera con el río de la Plata. Una bocanada más u otra. Terminaría el pucho y la iría a buscar. El vapor del río se extendía como un manto lechoso que los acogía a todos bajo un mismo techo, agregándole al asunto mayor confusión. Pero a la vez, sentía que él era el único confundido. Ellos eran iguales, no había nada que distinguir, cuchicheaban al oído. No mantenían la verdadera gracia de la noche: se habían hecho los unos a los otros, pegando papeles y plasticola. Veía como lo miraban de soslayo. Se hablaban al oído, hablaban de él seguramente. Sólo compartía con ellos aquella manta húmeda. Entre sus dos pezuñas amarillas sólo quedaba la colilla. Buscó alrededor con la mirada. Allá escapándose en el horizonte, seguramente estaría la luna naranja navegando como un velero, huyendo del ruido y de la nada, sin querer lo que sucedía allí entre esas figuras de espanto; mirando sólo a lo lejos, más allá, etérea. Se dio vuelta y observó la casa.
Entró despacio con sigilo, sin que nadie se diera cuenta de su aparición. Había música. Todo era como debía ser. Pensó que nadie le diría que le gustaba aquella música si preguntara a cualquiera en el salón. A nadie le gustaba. Sin embargo, parecía necesaria para aquel rejunte de bestias. Había gente que bailaba. Al compás. Siguiendo y pisando a un ritmo que no era el de nadie y era el de todos. Pensó que día haber algún patoso allí, alguien que no pudiera seguir aquel paso marcado.
Entonces vió como ella levantaba un pie, etéreo, manteniéndose ligada a la tierra por la punta del zapato. Rítmicamente, entre jadeos, una pierna, brazos que se alzan al cielo. Buscan despegarse. Siente que hay algo ingrávido en todo ello. La mira embelesado. Pero cuando desenfoca y hace un paneo de la sala descubre que todos ejecutan el mismo paso. Todo vuelve a la tierra. Sudan: son animales con nuevos ritos. Hasta las paredes sudan en su presencia.
Distraído se quedó embobado, observando. Algo frío le tomó de la mano: ¿Qué quería?, se preguntó, y entonces vio un gran pico y unas garras que lo atenazaban intentando empujarlo hacia abajo. Para hundirlo aún más. La soltó con asco. Se sofocaba. No había espacio. ¿Dónde estaba la barra? Mezclándose entre monstruos fue a buscar otro trago para confundirse. Para dejar de pensar. Se acomodó el antifaz y eludiendo cuernos y todo contacto fue abriéndose paso, aleteando los codos. Un vaso más. ¿Dónde estaba ella? Se acercaba a los rostros atisbando los agujeros de las máscaras. Pero solo veía negrura. Hueco. Entonces sintió un escalofrío y pensó que quizás no había nadie bienvenido entre aquellos ruidosos invasores. Ya habían conquistado el primer patio y la cocina. Eran muchos. Él entraba y salía de los cuartos, buscando, pero solo encontraba sonrisas chuecas, dadas como limosnas. Él se las devolvía como podía. Un duelo absurdo de estocadas. La distancia impuesta. Su lejanía. Y no podía volver aunque lo intentara. Se sentía en la otra orilla.
La sala de entrada, la cocina, el patio y el living estaban ocupados. Se apelmazaban en una masa acompasada que no dejaba respirar. La casa también respiraba con dolorosa dificultad. En el living se dejó caer en un sillón, apresado por hierros, a su lado se mantenía una conversación. Conversación sobre posesiones que anhelan. Los silencios se rellenaban con risas exageradas. Le parecían cotorras de risas estridentes que hablaban de comprar, tener, engullir: todo, hasta esta fiesta. Pero, ¿Dónde estaría ella? Se paró de un salto. Los miró chanceándose. Los veía como bestias inmundas ensuciando su casa. Él les había abierto la puerta y ahora no había forma de echarlos. Pero entre todos ellos debía estar ella y todo esto tendría sentido.
Máscaras por los costados, sobre los hombros y por detrás. Todos mirando, con muecas jocosas. Con muecas. Mirando torva o directamente. Descaradamente. ¿Pero cómo saberlo? Cuencas vacías. Daban vueltas y se acercaban. Cuchicheaban. Siempre hablando al oído. Él nunca comprendía más que frases sueltas.
Pensó. Pensó que quizás podían meterse en su cerebro, son esa sensibilidad de las bestias que perciben cuando uno está nervioso o, simplemente triste. Como una jauría de perros que no hacían más que juicios. O un tribunal de gallinas donde se decide cuál se erige sobre el resto. Pero no, él no pertenecía a ellos. Él era solo. ¿Ella habrá venido?
Las máscaras lo seguían. Lo miraban a través de sus cuencas oscuras. ¿Qué había ahí detrás? Nada, seguramente. No eran más que una cuestión de papeles. Detrás de su papel maché de títulos y contratos no había nada. Sólo animales con picos y garras. Temerosos de quedar indefensos.
Se hizo un claro en la niebla que empezaba a disiparse con la noche y apareció. Casi sentada en la ventana sin marco, mirando hacia fuera, como si se hubiera olvidado que vino con todos ellos. Como un hermano mayor que se avergüenza de las travesuras de los menores, travesuras que hasta hacía poco eran también suyas. Desentendida riendo. No prestaba atención a lo que sucedía ahí adentro. O le interesaba. Blanca. Hermosa. Sin máscara. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario