Ya hacía
tiempo que la fiesta de disfraces había comenzado. Llegaban de a grupos: no
demasiado temprano, para no insinuar que no había otra cosa que hacer; ni
demasiado tarde para darle alguna importancia a la fiesta. Llegaban anónimos,
cubiertos con máscaras de papel maché que paseaban de un lado a otro en un
desfile de tragos. Ángeles y demonios que buscaban perderse en aquel derruido
caserón de Vicente López, indistinguibles en un cuadro abstracto. Alejándose de
esa realidad aunque fuera un poco.
Él mientras
tanto, trataba de no pensar. Miraba como llegaban los invitados, con parco
anonimato, sin descubrirse, sin dar la bienvenida. Ellos no eran bienvenidos.
Sin embargo allí estaban. Y entre toda esa gente intrusa, equivocadamente,
debía haber alguien distinto.
Había
decidido organizar aquella fiesta hacía tiempo. Fiesta de de falsete sin nada
que festejar. La casa heredada —con fecha de vencimiento por una demolición
planificada— hacía que todo lo que estuviera allí fuera desechable. Caduco. Y él
estaba allí afuera. En el frío. Desde allí era testigo. Al caserón, que
continuaba resistiendo, entraban más y más animales indecisos.
Primero
miraban hacia un lado, al otro, con especulaciones caídas. Buscaban encontrar
más gente. Les adivinaba el terror de ser solos, individuos. Sentía que era él
mismo quien entraba y salía. La entrada era un establo de picos y cuernos
repetitivo y previsible. Todos eran iguales. ¿Lo eran?, se preguntó.
Simplemente cuestión de papeles pegados, se respondió, máscaras de animales aún
no concebidos. En donde estaría ella, entre todas esas máscaras.
Hacía un
frío helado. Fumaba un cigarrillo apoyado en la baranda que servía de última
frontera con el río de la Plata. Una bocanada más u otra. Terminaría el pucho y
la iría a buscar. El vapor del río se extendía como un manto lechoso que los
acogía a todos bajo un mismo techo, agregándole al asunto mayor confusión. Pero
a la vez, sentía que él era el único confundido. Ellos eran iguales, no había
nada que distinguir, cuchicheaban al oído. No mantenían la verdadera gracia de
la noche: se habían hecho los unos a los otros, pegando papeles y plasticola.
Veía como lo miraban de soslayo. Se hablaban al oído, hablaban de él
seguramente. Sólo compartía con ellos aquella manta húmeda. Entre sus dos
pezuñas amarillas sólo quedaba la colilla. Buscó alrededor con la mirada. Allá
escapándose en el horizonte, seguramente estaría la luna naranja navegando como
un velero, huyendo del ruido y de la nada, sin querer lo que sucedía allí entre
esas figuras de espanto; mirando sólo a lo lejos, más allá, etérea. Se dio
vuelta y observó la casa.
Entró
despacio con sigilo, sin que nadie se diera cuenta de su aparición. Había
música. Todo era como debía ser. Pensó que nadie le diría que le gustaba
aquella música si preguntara a cualquiera en el salón. A nadie le gustaba. Sin
embargo, parecía necesaria para aquel rejunte de bestias. Había gente que
bailaba. Al compás. Siguiendo y pisando a un ritmo que no era el de nadie y era
el de todos. Pensó que día haber algún patoso allí, alguien que no pudiera
seguir aquel paso marcado.
Entonces
vió como ella levantaba un pie, etéreo, manteniéndose ligada a la tierra por la
punta del zapato. Rítmicamente, entre jadeos, una pierna, brazos que se alzan
al cielo. Buscan despegarse. Siente que hay algo ingrávido en todo ello. La
mira embelesado. Pero cuando desenfoca y hace un paneo de la sala descubre que
todos ejecutan el mismo paso. Todo vuelve a la tierra. Sudan: son animales con
nuevos ritos. Hasta las paredes sudan en su presencia.
Distraído
se quedó embobado, observando. Algo frío le tomó de la mano: ¿Qué quería?, se
preguntó, y entonces vio un gran pico y unas garras que lo atenazaban
intentando empujarlo hacia abajo. Para hundirlo aún más. La soltó con asco. Se
sofocaba. No había espacio. ¿Dónde estaba la barra? Mezclándose entre monstruos
fue a buscar otro trago para confundirse. Para dejar de pensar. Se acomodó el
antifaz y eludiendo cuernos y todo contacto fue abriéndose paso, aleteando los
codos. Un vaso más. ¿Dónde estaba ella? Se acercaba a los rostros atisbando los
agujeros de las máscaras. Pero solo veía negrura. Hueco. Entonces sintió un
escalofrío y pensó que quizás no había nadie bienvenido entre aquellos ruidosos
invasores. Ya habían conquistado el primer patio y la cocina. Eran muchos. Él
entraba y salía de los cuartos, buscando, pero solo encontraba sonrisas
chuecas, dadas como limosnas. Él se las devolvía como podía. Un duelo absurdo
de estocadas. La distancia impuesta. Su lejanía. Y no podía volver aunque lo
intentara. Se sentía en la otra orilla.
La sala de
entrada, la cocina, el patio y el living estaban ocupados. Se apelmazaban en
una masa acompasada que no dejaba respirar. La casa también respiraba con
dolorosa dificultad. En el living se dejó caer en un sillón, apresado por
hierros, a su lado se mantenía una conversación. Conversación sobre posesiones
que anhelan. Los silencios se rellenaban con risas exageradas. Le parecían
cotorras de risas estridentes que hablaban de comprar, tener, engullir: todo,
hasta esta fiesta. Pero, ¿Dónde estaría ella? Se paró de un salto. Los miró
chanceándose. Los veía como bestias inmundas ensuciando su casa. Él les había
abierto la puerta y ahora no había forma de echarlos. Pero entre todos ellos
debía estar ella y todo esto tendría sentido.
Máscaras
por los costados, sobre los hombros y por detrás. Todos mirando, con muecas
jocosas. Con muecas. Mirando torva o directamente. Descaradamente. ¿Pero cómo
saberlo? Cuencas vacías. Daban vueltas y se acercaban. Cuchicheaban. Siempre
hablando al oído. Él nunca comprendía más que frases sueltas.
Pensó.
Pensó que quizás podían meterse en su cerebro, son esa sensibilidad de las
bestias que perciben cuando uno está nervioso o, simplemente triste. Como una
jauría de perros que no hacían más que juicios. O un tribunal de gallinas donde
se decide cuál se erige sobre el resto. Pero no, él no pertenecía a ellos. Él
era solo. ¿Ella habrá venido?
Las
máscaras lo seguían. Lo miraban a través de sus cuencas oscuras. ¿Qué había ahí
detrás? Nada, seguramente. No eran más que una cuestión de papeles. Detrás de
su papel maché de títulos y contratos no había nada. Sólo animales con picos y
garras. Temerosos de quedar indefensos.
Se hizo un
claro en la niebla que empezaba a disiparse con la noche y apareció. Casi
sentada en la ventana sin marco, mirando hacia fuera, como si se hubiera
olvidado que vino con todos ellos. Como un hermano mayor que se avergüenza de
las travesuras de los menores, travesuras que hasta hacía poco eran también
suyas. Desentendida riendo. No prestaba atención a lo que sucedía ahí adentro.
O le interesaba. Blanca. Hermosa. Sin máscara.
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