—Dime qué sientes vamos. A qué te recuerdan las cosas
hermosas. ¿Esas hojas que caen? ¿Esa brisa otoñal? ¿El beso del sol? Dime qué
ves cuando cierras los ojos. Dime qué piensas cuando estás sola.
—Pues yo no lo sé. No lo sé. Yo. Yo creo que no siento nada
de verdad. Eso. Supongo que yo no pienso en estas cosas. Simplemente camino y
todo sigue su destino —por la ventana el paisaje se va moviendo solo. En
completa monotonía. Dejando siempre un árbol de la pampa por otro similar en el
mismo lugar —. Supongo que estoy vacía. Que soy una viva muerta. Quién sabe.
Por ahí estoy enteramente muerta.
—Oh! Por dios niña difícil —suspiró y dijo de un tirón antes
de callarse —. No hay nadie que no piense qué es lo que tiembla en el fondo de
su corazón —el ruido de un café de ruta ruidoso inunda paulatinamente la
conversación. —. Silencio imperdonable. —Revuelve con rapidez la taza generando
la mayor cantidad de tilín-tilín posibles que ahoguen todo invasor. —No hay más
que escuchar el ruido de hojas que se desprenden. Mira por la ventana. Gira tu
cabeza, vamos. ¿Las ves? se desprenden para no volver. ¿Comprendes? ¿Entiendes
que todo esto es para siempre? No, no niña mía. Por favor no me pongas tus ojos
tristes.
—Me he hecho la interesante por demasiado tiempo que he olvidado
de todo eso. Que me he olvidado aquello que era mi esencia. Aquello que me
hacía ser únicamente yo y nadie más —Frunció las cejas mirando como el paisaje
de la ventana continúa cambiando invariablemente. —. Ahora nada me diferencia a
toda esta gente de tú café. Como nada diferencia a ese árbol del otro.
Con una risa incómoda se muerde
los puños de su buso y después de varios amagues a continuar hablando y un
ruido de hojas secas que se caen mientras paran orejas al ser tema de
conversación. El mozo trajo un café negro y después de un silencio continuó
mirando otra vez hacia fuera:
—Quizás sea algo tuyo nada más — Está sentada en una silla
que no queda cómoda. Algo ha relegado y no se puedo acordar ese momento.
Bufa.—. Lo lamento. No soy lo que tú buscas. Debes estar confundiéndote de
persona. Crees que soy algo que en realidad sueñas. Crees que tienes enfrente
algo que en realidad creas. — Se tiró para atrás y se difuminó en el humo del
cigarrillo de un fumador cercano.
—No te me ocultes. —Le tomó las manos entre las suyas. —Vayas con el sol en la noche. Yo se bien que en el fondo hay algo. Hay luz en tus ojos. Hay. Oh! Pero es que no se que hay ya. Ni que viene, ni que va. Míranos a los dos juntos en este restaurante de ruta. A dónde vas. Dime. No dejes que el silencio llegue. No dejes que mi voz se calle. —Tamborilea nerviosa con los dedos la mesa— Simplemente déjate llevar. No abandones vamos. No seas mala. Inténtalo. ¿Qué ves cuando cierra los ojos? —La mira indecisa y ordena— Ciérralos.
—Veo… Veo una ruta —Ríe—. Veo una ruta cubierta por niebla por la que se oculta el sol… No deja ver a nada ni a nadie. Los autos a toda velocidad aparecen y desaparecen por arte de magia. Como fantasmas—Una de las ventanas de café se comienza a empañar. Y el auto blanco estacionado afuera comienza a desaparecer. Todo va a desaparecer. —. Como si vinieran de la nada y a la nada fueran. Nada. Son apariciones de un mundo que no existe. Es todo niebla. No veo.
—Qué sientes. Vamos, continúa.
—No te me ocultes. —Le tomó las manos entre las suyas. —Vayas con el sol en la noche. Yo se bien que en el fondo hay algo. Hay luz en tus ojos. Hay. Oh! Pero es que no se que hay ya. Ni que viene, ni que va. Míranos a los dos juntos en este restaurante de ruta. A dónde vas. Dime. No dejes que el silencio llegue. No dejes que mi voz se calle. —Tamborilea nerviosa con los dedos la mesa— Simplemente déjate llevar. No abandones vamos. No seas mala. Inténtalo. ¿Qué ves cuando cierra los ojos? —La mira indecisa y ordena— Ciérralos.
—Veo… Veo una ruta —Ríe—. Veo una ruta cubierta por niebla por la que se oculta el sol… No deja ver a nada ni a nadie. Los autos a toda velocidad aparecen y desaparecen por arte de magia. Como fantasmas—Una de las ventanas de café se comienza a empañar. Y el auto blanco estacionado afuera comienza a desaparecer. Todo va a desaparecer. —. Como si vinieran de la nada y a la nada fueran. Nada. Son apariciones de un mundo que no existe. Es todo niebla. No veo.
—Qué sientes. Vamos, continúa.
—Yo voy en un Fiat blanco a toda velocidad. Como tantos que
hay pero no se ven ni se sienten. Hasta que están demasiado juntos y se
amalgaman como uno solo. Tengo miedo que esa niebla se levante pero no se que
habrá tras ella. Tengo miedo que no haya nada. Simplemente un camino que no conduzca
a la nada. Eterno. Eterno como un camino de la pampa en donde un árbol se
repite se repite se repite hasta su cansancio para mostrarnos que es el único. El
narcisismo platónico de ese árbol.
—Bien —Toma el café de a pequeños sorbos. —Realmente muy bien.
Pero ella ni siquiera la escucha.
Ella ya no está en ese café con ella. Ahora está en un café de ruta con los
vidrios empañados de tanta niebla:
—Ahora estoy mirando un volante que está diseñado. Un volante creado para ser distinto. Sin embargo todos los autos que van apareciendo o desaparecen son iguales. Iguales al mío. Ahora que miro bien tengo la sensación de que en todos esos autos estoy yo. Que todos esos autos son solo reflejos de ese auto conmigo adentro. Son simples reflejos en esa niebla que lo cubre todo y que no deja ver. Solo se ve a mi misma en mi auto a toda velocidad. Pero sé que no va a durar.
—Ahora estoy mirando un volante que está diseñado. Un volante creado para ser distinto. Sin embargo todos los autos que van apareciendo o desaparecen son iguales. Iguales al mío. Ahora que miro bien tengo la sensación de que en todos esos autos estoy yo. Que todos esos autos son solo reflejos de ese auto conmigo adentro. Son simples reflejos en esa niebla que lo cubre todo y que no deja ver. Solo se ve a mi misma en mi auto a toda velocidad. Pero sé que no va a durar.
—Sigue vamos no te pares.
El café lleno de gente es
ruidoso. A duras penas uno puede abstraerse del ruido. Pero ella lo hace. No es
el mismo caso de la otra mujer que continúa atendiendo de más a brebaje. Como
si fuera este a darle algo más de lucidez. Continúa hablando con los ojos
cerrados:
—Finalmente me rindo de tratar de seguir el camino. No se ve
si es que hay. Suelto el volante y levanto los brazos con los puños contraídos.
En ellos están las hojas secas de ese árbol estrujadas —Ahora el cielo se va
despejando—. Gracias.
Un fiat blanco a toda velocidad se desvía repentinamente de su camino y
se estrella contra la ventana del café. Todo es conmoción. La gente grita y se
acerca a la mesa de las dos mujeres que ahora se encuentran entre hierro
retorcido y muerte. O quizás quien sabe vida. Un café derramado se esparce como
sangre sin diques que lo contengan.
No hay comentarios:
Publicar un comentario